Lunes · Septiembre 14, 2026
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Una elección sin pueblo:: el riesgo de vestir el autoritarismo con ropajes democráticos

Las urnas abrieron puntuales, con algunos contratiempos menores. Pero el verdadero ausente fue el ánimo ciudadano. Según los primeros reportes del INE, la participación apenas habría alcanzado entre el 12.57 y el 13.32 % del padrón. La cifra no solo es alarmante: es profundamente

Una elección sin pueblo:: el riesgo de vestir el autoritarismo con ropajes democráticos
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Las urnas abrieron puntuales, con algunos contratiempos menores. Pero el verdadero ausente fue el ánimo ciudadano. Según los primeros reportes del INE, la participación apenas habría alcanzado entre el 12.57 y el 13.32 % del padrón. La cifra no solo es alarmante: es profundamente reveladora. Dice mucho de una ciudadanía hastiada, desconfiada, y, sobre todo, consciente de que su voto —por más “acordeones” que le pongan en la mano— ha dejado de pesar. Y entonces la pregunta es inevitable: si hay elección, pero no hay pueblo, ¿es realmente una elección?

La reforma judicial impulsada por el expresidente Andrés Manuel López Obrador llegó envuelta en una promesa de democratización: “que el pueblo elija a jueces, magistrados y ministros”. Una consigna seductora, sin duda. Pero también profundamente engañosa. Porque detrás del discurso populista se escondía una estrategia de control político disfrazada de participación ciudadana.

La elección de más de 2,600 cargos en el Poder Judicial —881 de ellos de carácter federal— no fue un acto de empoderamiento popular, sino una operación quirúrgica para colonizar las instituciones de justicia. Porque elegir impartidores de justicia no es lo mismo que elegir representantes populares. En los tribunales debe prevalecer el mérito, no la propaganda; la formación, no la obediencia partidaria; la independencia, no el respaldo del caudillo en turno.

El oficialismo supo preparar el terreno. Primero, desprestigió al Poder Judicial con acusaciones —en muchos casos ciertas— de corrupción y privilegios. Luego, ofreció la “solución”: que el pueblo decida. Pero lo que parecía una apertura democrática fue, en realidad, el desmontaje de un poder autónomo. Los jueces dejarán de ser árbitros para convertirse en piezas del ajedrez político… o en títeres del próximo presidente.

Y el pueblo lo intuyó. Por eso se ausentó. Porque incluso quienes simpatizan con la idea de una justicia más cercana saben que esta no fue una elección libre, sino una escenificación. Detrás de las urnas no hubo soberanía, hubo cálculo. Y detrás del voto, no hubo voz, hubo manipulación.

El sufragio, en este contexto, no empoderó. Maquilló. Sirvió para dar apariencia de legitimidad a decisiones tomadas de antemano. Para que mañana se pueda decir que fue “el pueblo” quien eligió, cuando en realidad el pueblo fue utilizado. Y el poder, concentrado.

No, la baja participación no es culpa de la gente. Es un síntoma. Un síntoma de que algo huele mal cuando la democracia se usa para vaciar las instituciones y llenarlas de consignas. Cuando las elecciones se vuelven rituales vacíos, sin opciones reales. Cuando se sustituye la representatividad por el clientelismo, y el debate por el adoctrinamiento.

La verdadera pregunta no es por qué no votaron los ciudadanos. La verdadera pregunta es por qué el gobierno insiste en llamar democracia a lo que claramente es una ruta hacia el autoritarismo. Porque si seguimos votando por jueces, mañana tal vez nos pidan votar por sentencias… siempre y cuando favorezcan al partido correcto.

Y cuando eso ocurra —si no ha ocurrido ya— sabremos que el pueblo ha dejado de ser soberano para convertirse en utilería. Y que nuestra democracia ya no está en riesgo: está en coma.