Lunes · Septiembre 14, 2026
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Del Neoliberalismo a la Dictadura: La Trampa Perfecta en México

México no despertó un día siendo dictadura. La transición fue tan hábil, tan sutil, que millones la aplaudieron creyendo que era democracia. Nos dijeron que acabarían con la corrupción, que los poderosos ya no mandarían, que el pueblo al fin gobernaría. Y sí, algo cambió: los cor

Del Neoliberalismo a la Dictadura: La Trampa Perfecta en México
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México no despertó un día siendo dictadura. La transición fue tan hábil, tan sutil, que millones la aplaudieron creyendo que era democracia. Nos dijeron que acabarían con la corrupción, que los poderosos ya no mandarían, que el pueblo al fin gobernaría. Y sí, algo cambió: los corruptos de ayer fueron reemplazados por los leales de hoy. Y los poderosos, ahora, obedecen solo a uno.

Atrás quedaron los tecnócratas del modelo neoliberal, esos que vendieron el país a pedazos al mejor postor bajo la bandera del “progreso”. Privatizaron todo: la luz, el petróleo, la educación, hasta la esperanza. Gobernaron con cifras, no con principios. Durante décadas, el neoliberalismo instauró una dictadura económica donde el mercado fue dios y el pueblo, un número en la estadística del desempleo y la pobreza.

Pero lo que vino después no fue la justicia social. Fue la revancha.

La autoproclamada “Cuarta Transformación” llegó como un vendaval, prometiendo limpiar la casa. Y sí, barrió con todo: con instituciones autónomas, con contrapesos, con periodistas incómodos, con ONGs, con feministas, con ambientalistas, con críticos y hasta con aliados que se atrevieron a discrepar. El nuevo régimen no negocia: impone. Y al que no se alinea, se le etiqueta de traidor, conservador o fifí. Es una lógica de guerra, no de gobierno.

La democracia, esa palabra tan usada por el actual régimen, fue vaciada de contenido. Votar ya no es elegir, es ratificar. El presidente opina, sugiere, ordena y acusa desde una tribuna oficial todas las mañanas. La ley se dobla, las instituciones se desmantelan y el Congreso se convierte en oficialía de partes. ¿Dónde quedaron los contrapesos? Aplastados por una mayoría leal, no crítica.

El colmo es la más reciente aberración: elegir jueces y magistrados por voto directo. Una jugada presentada como un acto de democratización, cuando en realidad es el último clavo en el ataúd de la justicia. ¿Quién puede elegir con responsabilidad a quienes no conoce? ¿A quién beneficia una justicia electa por aclamación popular, sin debate, sin transparencia, sin trayectoria revisable? A quien controla la narrativa, los medios y las masas.

Y es que esta no es una dictadura militar, ni siquiera una dictadura de partido. Es una dictadura emocional, construida a base de resentimiento y esperanza. Un régimen que ha logrado lo que el neoliberalismo no pudo: anestesiar a la conciencia colectiva. Hoy, basta con decir “primero los pobres” para justificar cualquier atropello. La causa noble sirve de escudo para decisiones autoritarias.

El resultado es devastador. México ya no solo está dividido: está envenenado. La crítica es traición. La disidencia es sospechosa. La inteligencia es arrogancia. Y la lealtad, por encima de todo, es el nuevo valor supremo. Hemos pasado del “no los veo, no los oigo” al “todos los veo, todos los señalo”.

Y lo peor: hay quienes creen que esto es lo mejor que nos pudo pasar.

Este país, herido por décadas de abusos neoliberales, ahora camina directo hacia un nuevo abismo: el de una dictadura disfrazada de justicia social. Hemos cambiado de amos, pero seguimos sin ser libres.

La única salida real no está en la boleta ni en los slogans. Está en recuperar el pensamiento crítico, la participación informada, la dignidad ciudadana. Porque un pueblo que aplaude a su verdugo no construye un futuro: cava su propia tumba.