Una mujer de 34 años fue atacada a tiros dentro de la casa ejidal Luis Echeverría, en la delegación Alfredo V. Bonfil. A plena luz del día. En un espacio que, en teoría, representa la organización, el trabajo comunitario, el sentido de pertenencia del pueblo. Pero Cancún ya no respeta ni lo simbólico ni lo sagrado. Aquí ya no hay límites.
Fabiola «N», empleada del lugar, recibió al menos tres disparos en el pecho por parte de un sicario que entró y salió como quien va al Oxxo. Nadie lo detuvo. Nadie lo enfrentó. Nadie lo persiguió. Huyó en motocicleta junto a un cómplice mientras la víctima agonizaba frente a testigos impotentes.
Este hecho —uno más en la cadena de balazos, sangre y silencio que arrastra la ciudad— retrata con crudeza el verdadero estado de cosas en Cancún: un territorio donde ni las oficinas ejidales están a salvo, donde la impunidad es norma y donde el miedo ya no se disfraza, se institucionaliza.
¿Dónde estaban las patrullas? ¿Por qué una mujer herida tuvo que ser trasladada en vehículo particular porque la ambulancia no llegaba? ¿Cómo es posible que en plena mañana, en un lugar conocido y transitado, alguien pueda entrar a disparar y largarse como si nada?
La pregunta no es si Cancún se descompuso. La pregunta es: ¿quién tiene los pantalones para reconocer que ya no hay control?
Vivimos en un escenario donde la violencia se cuela en lo cotidiano, donde el crimen ya no actúa en las sombras, sino en horarios hábiles, en espacios públicos, frente a los ojos de todos. Y las instituciones, en lugar de protegernos, parecen estar corriendo detrás de los hechos, recogiendo casquillos, redactando comunicados, lamentando lo «acontecido».
¿Hasta cuándo?
Hoy fue una trabajadora de una casa ejidal. Mañana puede ser una enfermera, un profesor, una madre, un niño. Nadie está exento. Porque en Cancún no hay paz social, hay simulación; no hay justicia, hay archivos; no hay gobierno, hay omisión.
Los que dicen gobernar, legislar o impartir justicia en Quintana Roo están más ocupados en cuidar su imagen que en garantizar la vida de su pueblo. Mientras tanto, las balas escriben a diario una historia que nadie quiere leer en voz alta, pero que todos estamos viviendo con terror.
Ya basta de fingir normalidad.
Ya basta de contar muertos como si fueran números.
Ya basta de mirar hacia otro lado.
Este no es sólo un caso policiaco. Es un grito de emergencia social, un llamado a sacudir conciencias, a exigir a todos los niveles de autoridad que entiendan que un Cancún sin seguridad no es destino turístico, es zona de guerra.
Y la guerra, lamentablemente, ya está aquí. Y la estamos perdiendo.
Una elección sin pueblo:: el riesgo de vestir el autoritarismo con ropajes democráticos
¿Retroceso o esperanza? El posible regreso de Rubén Carrillo al sindicato de taxistas de Cancún.
Del Neoliberalismo a la Dictadura: La Trampa Perfecta en México
1 de junio: ¿y si no estamos votando justicia, sino renunciando a ella?