Anoche, el reportero Santiago Rodas fue agredido mientras cumplía con su deber: informar. No fue una balacera lo que lo hirió físicamente, sino los golpes de amigos de un hombre herido por arma de fuego, quien había llegado en un automóvil particular al Hospital General. El periodista hacía su trabajo. Documentaba, preguntaba, grababa. Pero en esta ciudad, cumplir con la labor informativa se ha vuelto un acto temerario, casi suicida.
Lo más grave no fue sólo el ataque en sí, sino la pasividad de los policías que llegaron al lugar, quienes se negaban —abiertamente— a detener a los agresores del comunicador. ¿Por qué? ¿Por miedo? ¿Por complicidad? ¿Por indiferencia? La respuesta ya ni sorprende. En Cancún, la violencia ha dejado de tener bandos claros: aquí se enfrenta quien trabaja contra quien abusa, quien informa contra quien calla, y, lamentablemente, quien debe proteger se enfrenta a quien exige justicia.
La ciudad está rota. Y en esa fractura todos caemos. Los periodistas no tienen garantías para ejercer su labor, los ciudadanos no tienen certeza de protección, y los policías parecen operar con una brújula moral extraviada. La violencia no discrimina. Une, paradójicamente, a todos en una misma impotencia: nos une el miedo, el coraje, la frustración.
La agresión a Santiago Rodas no es un caso aislado: es un síntoma. Es el resultado de años de abandono institucional, de simulación en el combate a la inseguridad y de gobiernos más preocupados por la imagen que por la vida. Es también un reflejo del desprecio sistemático hacia la prensa incómoda, esa que no se limita a boletines y encuadres bonitos. Hoy, ser reportero en Cancún es estar en la primera línea de fuego, sin chaleco, sin respaldo, sin justicia.
¿Qué tiene que pasar para que esta ciudad despierte? ¿Hasta cuándo se permitirá que las agresiones a periodistas queden impunes? ¿Dónde están las autoridades que juraron proteger a la ciudadanía? Si informar se convierte en un delito en los hechos, aunque no en el papel, entonces estamos más cerca del autoritarismo que de la democracia.
Mientras los criminales se pasean en autos blindados y las autoridades sonríen para las cámaras, el periodismo sangra en las calles, junto a la esperanza de una ciudad que ya no sabe de qué lado están los buenos.
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