La polémica está servida. La liga “Riviera Maya” venció en el terreno de juego, pero perdió el pase al regional Williamsport. ¿Injusticia? No. Justicia deportiva aplicada con rigor.
El presidente de la Asociación Estatal de Béisbol, Abel Fernández, ha sido blanco de críticas por tomar una decisión impopular: entregar el pase a la liga “Vinicio Castilla” por cumplir con el reglamento. Pero en medio del escándalo, conviene recordar una verdad elemental: en el deporte serio, no basta con ganar; hay que ganar dentro de la ley.
Aquí no se trata de emociones ni de sentimentalismos. Se trata de hechos. El reglamento es claro: los jugadores deben pertenecer a la zona geográfica que representan. Punto. La liga “Riviera Maya” alineó a jugadores fuera de su jurisdicción. Lo que ganaron en el diamante, lo perdieron en la mesa por incumplir una regla básica. Y eso no es culpa de la “Vinicio Castilla”, ni del presidente Abel Fernández, ni de nadie más que de los propios dirigentes que ignoraron (o decidieron ignorar) las normas.
¿Desde cuándo el desconocimiento del reglamento justifica su violación? ¿Desde cuándo el esfuerzo emocional de padres e hijos anula las reglas del juego? No. El deporte infantil también necesita orden, límites, y claridad institucional.
Abel Fernández no se vendió. No traicionó. No manipuló. Aplicó la ley. Y eso, en tiempos de conveniencias, es un acto de valor. Porque cuando la presión social exige ceder ante la popularidad, mantenerse firme en lo correcto no es fácil. Pero es necesario.
Si la liga “Vinicio Castilla” cumplió con todos los requisitos y protestó conforme al reglamento, es justo que reciba lo que le corresponde. Si otros equipos se formaron sin tener claridad de las reglas, ese error debe ser asumido por sus dirigentes, no maquillado con discursos de victimismo.
Esta no es una historia de niños robados de un sueño. Es una lección para los adultos: el juego limpio no empieza con el primer lanzamiento, empieza con el respeto al reglamento.
El verdadero campeón no es el que más corre, ni el que más batea, ni el que más lágrimas provoca. Es el que gana sin hacer trampa. Es el que respeta las reglas, aunque eso le cueste popularidad. Y por eso, en esta ocasión, el verdadero campeón es el que entendió que ganar sin legalidad no es ganar.
Gracias, Abel Fernández, por recordarnos que en el béisbol –como en la vida– no todo se resuelve con aplausos, sino con responsabilidad. El deporte infantil necesita más decisiones impopulares pero firmes, y menos circo mediático.
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