En medio del ruido, las quejas y la incertidumbre que rodean hoy al gremio taxista en Cancún, es fácil caer en la trampa de culpar al sindicato Andrés Quintana Roo por la devaluación de las concesiones, por la precarización del oficio y por la sensación de abandono que sienten muchos socios. Pero hay que decirlo con claridad: el verdadero problema no está en casa, sino en la ausencia de autoridad frente al desorden vial y la competencia desleal que inunda nuestras calles.
Porque mientras el sindicato opera bajo reglas, normativas, registros y concesiones otorgadas por el Estado, las plataformas digitales y los mototaxis tolerados circulan sin control, sin pagar impuestos, sin requisitos de seguridad, sin cumplir con la Ley de Movilidad, y sobre todo, sin la responsabilidad social que sí carga a diario el taxista organizado.
¿Cómo puede hablarse de «libre competencia» si no hay igualdad de condiciones? ¿Cómo se va a sostener el valor de una concesión cuando se permite que miles de unidades piratas o tecnológicas operen sin regulación, sin licencias, sin inspección? Esa permisividad —que raya en complicidad— no solo daña la economía del taxista, sino el derecho del ciudadano a una movilidad ordenada, legal y segura.
Sí, el valor de las concesiones cayó. Pero no porque el sindicato lo haya permitido, sino porque el gobierno no puso orden donde debía. Y mientras la base trabajadora carga con seguros, verificaciones, cursos y cuotas, otros circulan como si el suelo fuera parejo… y no lo es.
El sindicato puede y debe mejorar, claro que sí. La crítica interna es válida y necesaria. Pero no confundamos: no es el sindicato el que ha abierto las puertas a la anarquía vial, sino las autoridades que han tolerado lo ilegal y desmantelado lo institucional.
Si queremos recuperar el valor de las concesiones, necesitamos primero recuperar la autoridad del Estado. Necesitamos un marco legal que regule a todos por igual. Y necesitamos que se respete el esfuerzo de quienes han trabajado décadas dentro del sistema, pagando lo que marca la ley, sosteniendo a sus familias y moviendo esta ciudad incluso en los peores momentos.
Hoy más que nunca, defender al sindicato no es defender a una cúpula, sino defender la estructura legal de la movilidad en Benito Juárez. Porque si caen los taxistas organizados, lo que sigue es el caos total.
El enemigo no está dentro. Está allá afuera, disfrazado de modernidad, tolerado por omisión, y minando lentamente el esfuerzo de quienes sí cumplen. Que no se nos olvide.
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