La narrativa oficial que hoy busca criminalizar al taxista común —al que sale cada día a ganarse el pan en un contexto de inseguridad y abandono— olvida que son más los trabajadores honestos que padecen, que aquellos que abusan. Se pasa por alto también que muchas de sus demandas legítimas, como la justicia laboral, la regularización de concesiones y la seguridad en las calles, han sido ignoradas por años.
Y es que en los últimos días hemos escuchado con insistencia un discurso que, desde las esferas oficiales y mediáticas, apunta a «poner orden» en los sindicatos de taxistas. Se exige con estridencia el encarcelamiento de dirigentes y la depuración del gremio como si allí se encontrara el epicentro del caos que afecta la movilidad en nuestras ciudades. Pero, ¿realmente se está atacando el problema de raíz o sólo se buscan chivos expiatorios para maquillar una crisis más profunda?
Pero hablar de corrupción sindical sin hablar de extorsión, derecho de piso y control territorial por parte de grupos delictivos es, por decir lo menos, una omisión peligrosa. Todos lo saben, pero pocos lo dicen: gran parte del gremio taxista en Cancún y otras ciudades del estado está secuestrado, no por sus propios líderes, sino por las redes de la delincuencia organizada que desde hace años imponen condiciones, tarifas, horarios e incluso rutas.
Sin embargo no deberíamos sorprendernos. Si el Estado ha sido incapaz de regular el funcionamiento de las plataformas digitales que operan sin apego a la ley —con ventajas evidentes y sin responsabilidades equiparables—, ¿cómo podríamos esperar que pueda desarticular redes criminales que operan con impunidad a plena luz del día?
La solución no está en criminalizar la pobreza ni en disfrazar la omisión institucional con detenciones espectaculares. La solución pasa por una política integral de movilidad y justicia social que incluya a todos los actores del transporte, que no discrimine al taxista tradicional por ser parte de una estructura sindical, y que reconozca que en este conflicto, como en muchos otros, hay más víctimas que villanos.
Poner orden, sí. Pero no desde la simulación ni el escarnio mediático. Si se quiere recuperar el orden, se debe empezar por la verdad.
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