Si la lectura de Joaquín López-Dóriga es correcta, en Quintana Roo estaríamos presenciando algo digno de estudio político: el partido que nació para cuidar árboles podría terminar talando hasta el último vestigio del obradorismo en la sucesión de 2027.
Porque, según esa interpretación, Claudia Sheinbaum habría decidido que para gobernar Quintana Roo es más útil el manual de supervivencia del Verde que uno de los hombres más cercanos a Andrés Manuel López Obrador: Rafael Marín Mollinedo. ¡Vaya ironía!.
Después de años escuchando que la transformación era un movimiento para desplazar a las élites políticas tradicionales, resulta que el gran beneficiario sería el mismo Partido Verde de siempre. Ese que ha sido priista cuando gobernaba el PRI, panista cuando gobernaba el PAN y morenista desde que Morena llegó al poder.
Pareciera que el Verde no cambia de ideología, cambia de GPS y siempre encuentra la dirección de la oficina principal… Si esta versión se confirma, el mensaje sería decepcionante porque significaría que en Quintana Roo ya no importa quién fue amigo de la primera hora, quién ayudó a construir el movimiento o quién tiene la bendición de López Obrador. Lo que importa es quién controla la estructura, administra las alianzas y garantiza que el engranaje siga funcionando.
Y eso convertiría el caso de Rafael Marín en una paradoja casi cruel porque pasaría de ser uno de los hombres más cercanos al fundador de Morena a convertirse en la prueba viviente de que, en política, las lealtades tienen fecha de caducidad y las amistades terminan donde empiezan las sucesiones.
La pregunta entonces ya no sería si Sheinbaum rompió con López Obrador, sino si alguien creyó que el Verde iba a entregar voluntariamente un estado que administra políticamente desde hace años, como afirma López Dóriga.
Porque el Verde en Quintana Roo tiene una habilidad extraordinaria: nunca pierde. Cuando parece que se va, ya regresó; cuando parece desplazado, ya hizo acuerdos; y cuando todos creen que llegó el relevo, simplemente cambia de padrino y sigue sentado en la misma mesa.
Si López-Dóriga tiene razón, la noticia de 2027 no sería que Claudia Sheinbaum eligió al Verde, sino que el Verde volvió a hacer lo que mejor sabe hacer: convencer al nuevo poder de que, sin él, el paraíso se derrumba. Y, de paso, mandar a Morena a “La Chingada” y recordarle al obradorismo que en Quintana Roo los gobiernos cambian, los discursos se reciclan y las lealtades se reacomodan, pero ni siquiera ellos pudieron jubilar políticamente al Niño Verde.
De resultar así, en Quintana Roo no habría triunfado una corriente de Morena ni la otra; habría ganado, otra vez, el único grupo político que ha aprendido a gobernar sin importar quién ocupe la Presidencia de la República.
Porque mientras unos pelean por la herencia de López Obrador y otros por la bendición de Sheinbaum, el Verde estaría haciendo lo de siempre: quedarse con las llaves de la casa y dejar que los demás discutan quién es el dueño.