Hay políticos que entienden que la comunicación consiste en conectar con nuevas audiencias, renovar mensajes y construir conversación pública. Y luego está Rafael Marín, atrapado en un eterno déjà vu político donde cada evento parece una repetición del anterior y cada fotografía es una reedición de la misma postal.
El desayuno ofrecido a medios de comunicación con motivo del día de la libertad de expresión confirmó una vez más esa agotadora sensación de estar viendo una película que ya conocemos de memoria.
El mismo discurso, las mismas anécdotas, las mismas referencias a su trayectoria en el servicio público y, por supuesto, la inevitable evocación de su amistad con Andrés Manuel López Obrador…Nada nuevo bajo el sol.
Más llamativa aún resulta la presencia permanente del mismo círculo de acompañantes. Ahí están, invariablemente, Ricardo Velasco, Julián Ricalde y otros personajes que parecen formar parte del mobiliario político del marinismo.
Cambian los escenarios, cambian los manteles, cambian los micrófonos, pero ellos aparecen puntualmente en todas las reuniones, en todos los eventos y en prácticamente todas las fotografías.
¿Ese es el proyecto de renovación política que pretende gobernar Quintana Roo o simplemente estamos frente a una gira permanente de los mismos rostros de siempre?
Durante años, Rafael Marín cultivó la narrativa del tabasqueño cercano al obradorismo histórico. Sin embargo, recientemente aclaró que en realidad nació en la Ciudad de México, aunque pasó parte de su infancia en Tabasco, tierra de su padre, para posteriormente construir una vida de más de cuatro décadas en Quintana Roo.
No hay nada cuestionable en ello, lo cuestionable es que buena parte de su discurso político sigue dependiendo de una identidad prestada y de una amistad presidencial que ocurrió hace décadas, como si los electores estuvieran obligados a votar por recuerdos y no por propuestas.
El problema es que la nostalgia política tiene fecha de caducidad y mientras Quintana Roo enfrenta desafíos complejos en materia de crecimiento urbano, seguridad, movilidad, medio ambiente y desarrollo económico, el aspirante sigue recurriendo a un repertorio que gira alrededor de sí mismo.
Su historia personal ocupa más espacio que las soluciones para el futuro del estado.
Y entonces llegó uno de los momentos más curiosos del encuentro con los medios: la felicitación a la prensa independiente que le ha abierto espacios para difundir sus actividades políticas.
La escena resulta paradójica, porque por un lado, se elogia a la prensa independiente; mientras que por el otro, todos saben que en México y en Quintana Roo buena parte de la relación entre gobiernos y medios sigue condicionada por los convenios de publicidad oficial, mecanismo que durante años ha servido para premiar coberturas favorables y castigar voces críticas. Por esto hablar de libertad de expresión sin abordar esa realidad es como presumir transparencia detrás de una cortina cerrada.
Al final, el desayuno dejó más preguntas que respuestas y si Rafael Marín aspira seriamente a la gubernatura, tendrá que entender que los ciudadanos ya conocen su currículum, ya escucharon las historias sobre López Obrador y ya identifican a los integrantes de su círculo más cercano pero lo que todavía esperan es escuchar ideas nuevas, diagnósticos claros y propuestas concretas.
Porque sus aspiraciones no pueden sostenerse indefinidamente sobre fotografías repetidas, amistades históricas y discursos reciclados.
La política también necesita actualizarse. Y, por ahora, el marinismo parece atrapado en modo repetición.