El Gato Maya

La Suprema Corte de Justicia de la Nación lo dijo: la cultura maya no se vende… pero Grupo Xcaret ya hacía negocio

En este rincón del Caribe donde todo se vende —hasta la dignidad— alguien finalmente dijo “basta”. Y no fue cualquier voz: fue la Suprema Corte de Justicia de la Nación, que ha puesto en la mesa una verdad incómoda para el imperio turístico de Grupo Xcaret: la cultura maya no es simulación cultural para espectáculos, ni materia prima para convertir en dólares.

El fallo no sólo es jurídico. Es un golpe simbólico al modelo de negocio que durante años ha romantizado, maquillado y comercializado la identidad de los pueblos originarios, mientras estos siguen viviendo —paradójicamente— en condiciones de rezago, marginación y abandono.

Porque sí, mientras el turista paga su entrada para “conectarse” con lo ancestral en escenarios perfectamente iluminados, en las comunidades mayas de Quintana Roo la realidad sigue siendo otra: caminos de terracería, acceso limitado a servicios básicos, educación precaria y oportunidades que nunca llegan… salvo en forma de promesas.

Y aquí es donde el olor a política rancia se vuelve imposible de ignorar.

Porque detrás del discurso de “rescate cultural” y “orgullo maya”, también hay dinero. Mucho dinero. Y no precisamente fluyendo hacia las comunidades. La relación entre Hernán Villatoro Barrios y los intereses de Xcaret ha sido señalada por la entrega de 15 millones de pesos que, más que inversión social, parece una ficha más en el tablero del contubernio político-empresarial.

Quince millones que no se tradujeron en desarrollo sostenible, ni en infraestructura digna, ni en justicia social para los pueblos que dicen representar. Quince millones que, como suele ocurrir en este estado, se diluyen entre discursos, simulaciones y silencios bien pagados.

Pero si algo faltaba para completar el cuadro, es el cinismo.

Porque en el colmo de la desfachatez, los empresarios de Xcaret hoy se colocan el traje de víctimas, como si el señalamiento judicial fuera una injusticia y no la consecuencia de años de explotación cultural. Lloran en público lo que negocian en privado.

Denuncian persecución mientras han construido un negocio multimillonario a partir de una identidad que no les pertenece. Y por si fuera poco, el poder no sólo observa: acompaña.

Porque detrás del telón, el respaldo gubernamental no desaparece, sólo se vuelve más discreto. Apoyos tras bambalinas, silencios cómplices, omisiones estratégicas. Ese viejo libreto donde el discurso oficial habla de justicia para los pueblos originarios… mientras en la práctica se protege a quienes los convierten en espectáculo.

El problema de fondo no es sólo Xcaret sino todo un sistema donde la cultura indígena se convierte en show, mientras los indígenas reales quedan fuera del escenario. Ese donde la política sirve de puente… pero no para el bienestar, sino para los negocios.

La resolución de la Suprema Corte de Justicia de la Nación debería marcar un antes y un después. Pero en Quintana Roo, donde la memoria es corta y el poder se reacomoda sin vergüenza, la duda es obligada: ¿habrá consecuencias reales o será otro fallo que se diluya en la impunidad de siempre?

Porque si algo ha demostrado esta tierra es que aquí se puede lucrar con todo: con la naturaleza, con la historia… y sí, también con la cultura.

Lo que no debería poder hacerse —pero se ha hecho durante años— es lucrar con la dignidad de un pueblo entero, mientras se le mantiene en el olvido.

Hoy la Corte ha hablado. Falta ver si alguien en el poder está dispuesto a escuchar… o si, como siempre, preferirán seguir vendiendo una versión “premium” del mundo maya, mientras el original sigue esperando justicia.

Tendencias