El Gato Maya

Con Atenea Gómez, más parques y menos discursos en Isla Mujeres.

Hay obras que lucen en la fotografía oficial y otras que terminan cambiando la vida de una comunidad aunque la diferencia no siempre está en el monto de la inversión, sino en el destino de cada peso público.

Y es que en estos tiempos donde la política suele medirse por el tamaño de los discursos, resulta saludable que el Gobierno de México haya reconocido al gobierno de Atenea Gómez Ricalde por una estrategia que, aunque sencilla en apariencia, ataca uno de los problemas más profundos de cualquier sociedad: la pérdida de los espacios para convivir.

Diecisiete parques infantiles recuperados y construidos pueden parecer una cifra más dentro de un boletín institucional, pero detrás de ese número hay algo mucho más importante: niños jugando donde antes había abandono; familias reuniéndose donde antes predominaba el deterioro; colonias recuperando un punto de encuentro en una época donde la violencia y el aislamiento avanzan con demasiada facilidad.

No es casualidad que el reconocimiento provenga del Sistema Nacional de Protección Integral de Niñas, Niños y Adolescentes porque la política pública moderna dejó de entender que proteger a la infancia consiste únicamente en aprobar leyes; hoy se sabe que también se protege a un niño cuando tiene un parque iluminado, un espacio seguro para correr, una cancha donde hacer amigos y una comunidad que vuelve a ocupar la calle.

En Isla Mujeres a diferencia de otros gobiernos que inauguran obras pensando en la siguiente elección, esta estrategia parece estar diseñada para la siguiente generación y esa diferencia, más que los reconocimientos oficiales, es la que termina siendo aplaudida por la gente.

Por supuesto, ningún reconocimiento significa que todo esté resuelto; los parques necesitan mantenimiento permanente, vigilancia, actividades culturales y deportivas, así como participación ciudadana para evitar que el abandono vuelva a ganar terreno. La infraestructura, por sí sola, no construye tejido social; lo hace cuando existe una política constante que la mantenga viva.

Sin embargo, también es justo reconocer cuando una administración acierta. En un país donde con frecuencia la agenda pública gira alrededor de crisis, inseguridad y confrontación política, resulta refrescante que una noticia tenga como protagonistas a niñas y niños jugando en espacios dignos.

Porque al final, una ciudad no demuestra su grandeza por la altura de sus edificios ni por la cantidad de cemento que presume. La demuestra por la calidad de los lugares donde crecen sus hijos y si un parque logra que un niño cambie una pantalla por una resbaladilla, que una familia vuelva a reunirse una tarde cualquiera o que una colonia recupere la convivencia, entonces esa obra vale mucho más que cualquier monumento de concreto.

Quizá ahí radique la verdadera enseñanza de este reconocimiento: las mejores políticas públicas no siempre hacen más ruido; muchas veces empiezan con algo tan simple como devolverles a los niños el derecho de jugar.

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