En Quintana Roo la política es como esos viejos circos de pueblo: cambian los payasos, pero nunca desaparece la carpa de la impunidad y si algún político resume esa farsa, ése es Roberto Borge.
El ex gobernador que pasó de señor feudal del Caribe a huésped distinguido de la justicia cómoda, ahora beneficiado con prisión domiciliaria después de convertirse en uno de los rostros más descarados del saqueo, la corrupción y el cinismo político que ha padecido este estado.
La noticia no cayó como sorpresa porque en México, la justicia suele caminar más rápido para perseguir pobres que para encerrar poderosos.
Lo verdaderamente indignante no es solamente que el ex gobernador acusado de desfalcos multimillonarios termine pasando sus días bajo el resguardo de su casa, sino el mensaje político y moral que eso envía a la sociedad: en este país, el poder aún compra tiempo, comodidad y privilegios.
Por eso, ver hoy a Borge lejos de una celda común provoca enojo, decepción y una inevitable sensación de burla colectiva.
Porque para el ciudadano de a pie no existe prisión domiciliaria cuando no puede pagar una renta, cuando pierde su patrimonio o cuando enfrenta el peso implacable de la ley por delitos menores, pero para ciertos personajes del poder, la cárcel termina pareciéndose más a una pausa administrativa que a un verdadero castigo.
Porque Roberto Borge no es solamente un individuo; es el retrato de una época donde el poder se sintió intocable. Una generación política que creyó que gobernar era enriquecerse, repartir favores y blindarse para el futuro. Y aunque varios de sus aliados desaparecieron del escenario público o cambiaron convenientemente de camiseta partidista, las consecuencias del saqueo siguen ahí: deuda, desigualdad, deterioro institucional y una ciudadanía cada vez más desconfiada.
La prisión domiciliaria de Borge no cierra heridas. Al contrario: reabre el debate sobre la fragilidad de la justicia mexicana y sobre la facilidad con la que el sistema termina protegiendo a quienes alguna vez lo controlaron.
En Quintana Roo la memoria política suele durar menos que una promesa de campaña… pero hay saqueos que el pueblo no debería perdonar jamás.