Por Luis Mis
El veterano líder de la CTM, José Isidro Santamaría Casanova, rompió el silencio con acusaciones, advertencias y un discurso que huele a revancha. En su intento por defenderse, terminó exhibiendo —sin querer— el colapso moral y político de la justicia en Quintana Roo.
Entre amparos, miedos y amenazas de movilizar a 40 mil trabajadores, Santamaría resucita el viejo rugido sindical, mientras el Estado responde con el mismo silencio selectivo de siempre.
A José Isidro Santamaría Casanova le bastaron unos minutos frente a los micrófonos para recordarnos que en Quintana Roo la justicia camina coja, el poder se hace el sordo y los sindicatos todavía saben rugir… aunque sea desde la jaula.
El eterno dirigente de la CTM, ese que sobrevive a gobernadores, fiscales y escándalos, reapareció con su tono clásico: desafiante, dolido y con el guion de siempre —“soy víctima del sistema”—, una frase que en este país ya suena más gastada que los sellos del Poder Judicial.
“Estaba enfermo, no me desaparecí por miedo”, dijo. Y claro, en el país donde la mitad de los que se enferman terminan prófugos, la línea entre convalecencia y conveniencia es cada vez más delgada.
Santamaría asegura que lo acusan injustamente del asesinato de Luis Fernando Peón Cardín. Dice que no hay autor material, ni intelectual, ni pruebas. Solo su nombre y un expediente con más huecos que la red de pesca del Caribe. “El sistema es estúpido”, remató. Y por primera vez, medio Quintana Roo estuvo de acuerdo con él.
Según su relato, antes del 2018 todo era paz sindical y armonía contractual. Pero después… llegaron los robos: ocho al sindicato y cuatro a su casa. Al parecer, en Cancún roban de todo —menos la vergüenza de las autoridades—.
“La Fiscalía trata de cubrir con mentiras su ineficiencia”, lanzó sin despeinarse. Y si alguien duda, basta revisar el historial de carpetazos, desapariciones y detenciones exprés que la justicia quintanarroense colecciona con orgullo. Aquí, el crimen se castiga cuando conviene, y la ley se aplica con la delicadeza de un machete sin filo.
Pero lo más picante del show vino cuando el viejo lobo sindical le mandó mensaje directo a la gobernadora Mara Lezama:
“Nadie representa a la ciudadanía en la Mesa de Seguridad y no da resultados”.
(Traducción libre: la mesa está puesta, pero los comensales se fueron a desayunar a Palacio).
Luego vino la advertencia:
“Que no despierten al tigre, porque podemos llevar a la calle a más de 40 mil trabajadores”.
Y aquí el Gato Maya arquea la espalda. Porque cada vez que un líder sindical amenaza con sacar a la calle a su “tigre”, uno no sabe si habla de fuerza obrera o de músculo político. Lo cierto es que el rugido suena más a nostalgia de los tiempos en que los sindicatos aún hacían temblar al gobierno… y no al revés.
Y es que Santamaría dice tener miedo: a que lo detengan, a que lo maten. Y en este circo judicial, no le faltan razones. Mario Machuca ya cayó, Carlos Manzo también. Aquí los líderes se extinguen más rápido que la memoria institucional.
El caso Santamaría no es una novedad; es el mismo libreto repetido con distinto protagonista: un sistema judicial tan chueco que convierte al acusado en mártir, al crítico en enemigo y a la justicia en un mal chiste de burócrata.
En Quintana Roo, la ley se aplica como el aire acondicionado de oficina: a conveniencia del que tiene el control remoto.
Mientras tanto, el tigre ruge, el gato observa… y la justicia bosteza.