Por Luis Mis
Don Raciel López, Fiscal General de Quintana Roo, llegó al Congreso a presentar su Tercer Informe de Labores, ese ritual donde las cifras bailan al ritmo de los aplausos, y las palabras “transparencia” y “paz” suenan tan repetidas como los discursos de campaña.
El señor Fiscal anunció con voz solemne que “seguiremos transformando a Quintana Roo con justicia, transparencia y paz”. Y uno se pregunta: ¿seguiremos? ¿O apenas empezaremos? Porque, según la realidad que se respira en Cancún, Playa o Chetumal, esa “paz” todavía se vende por kilo… y a precio de sangre.
Entre estadísticas pulidas y diapositivas relucientes, Raciel presumió una reducción del 57% en homicidios dolosos. Una cifra digna de alfombra roja, si no fuera porque uno se pregunta: ¿cuántos de esos casos se “redujeron” por magia estadística, reclasificación de delitos o simple omisión de denuncias?. Porque en este estado, la matemática oficial suele ser un acto de prestidigitación: desaparecen los muertos, pero no los funerales.
El Fiscal también dijo que su informe es “un ejercicio de rendición de cuentas y transparencia”. Claro… de esos ejercicios donde nadie pregunta, nadie cuestiona, y todos aplauden. Una transparencia tan impecable que no deja ver lo que hay detrás.
Raciel enumeró con precisión quirúrgica las bajas administrativas —550 despidos, mil 133 reubicaciones— como si la justicia se midiera en recursos humanos y no en confianza ciudadana.
También presumió nuevos edificios: “La Ceiba” y la futura sede en la avenida Xcaret. Edificios bonitos, sin duda. Pero uno insiste: ¿de qué sirve una Fiscalía moderna si sigue oliendo a impunidad antigua?
Y mientras los ladrillos se levantan, los ciudadanos siguen levantando denuncias que nadie contesta. Porque aquí se inauguran edificios, no esperanzas.
Los logros sociales tampoco faltaron: programas en escuelas, cursos de derechos humanos, centros de justicia para mujeres… todo muy loable. Pero si los feminicidios, las desapariciones y la corrupción policial siguen siendo pan de cada día, uno se pregunta: ¿cuántos powerpoints hacen falta para que la justicia deje de ser un espectáculo?
Eso sí, hay que reconocerle a Raciel su don para los titulares: “Creamos el grupo Centurión y detuvimos a 128 extorsionadores”, “disminuimos los homicidios”, “presentamos condenas ejemplares”. Todo suena impecable… hasta que ves las calles de Cancún a medianoche y entiendes que la única paz verdadera es la que duerme con miedo.
El Fiscal no olvidó agradecer al flamante secretario de Seguridad federal, Omar García Harfuch, por la “Estrategia Nacional de los Primeros 100 Días”. Y claro, el aplauso se extendió hasta el cielo burocrático. Pero uno se pregunta si la seguridad de Quintana Roo se sostiene en estrategias federales o en la voluntad de un estado que todavía no puede garantizarle justicia ni al turista ni al taxista.
Raciel cerró su informe con tono mesiánico: “Nuestros resultados ya permiten observar importantes avances.” ¿Avances para quién?. Porque el ciudadano común —ese que vive al día, que teme a la extorsión, al asalto, o a que le siembren una carpeta— no ve avances, ve sobrevivencia.
En Quintana Roo seguimos oyendo informes que suenan a victoria mientras la gente sigue viviendo con miedo. Y el miedo, queridos lectores, no se combate con cifras, sino con confianza.
Mientras la Fiscalía se aplaude a sí misma por reducir homicidios, uno sigue viendo cómo las víctimas se multiplican en silencio, sin justicia ni voz.
La Fiscalía habla de “paz”, pero lo que hay es silencio forzado.
Habla de “transparencia”, pero los expedientes se manejan como secretos de Estado.
Habla de “transformación”, pero todo sigue igual: los poderosos libres, los débiles presos y los ciudadanos rezando por no ser el siguiente caso archivado.
Porque mientras el pueblo se aferra a sobrevivir, los funcionarios viven en un mundo paralelo: donde las cifras son milagrosas, las palabras son eternas y la impunidad… inmortal.
Así que sí, Fiscal: siga usted “transformando” Quintana Roo.
Pero hágalo con hechos, no con conferencias. Porque ya es hora de que la justicia deje de ser un discurso… y empiece a ser un deber.
Porque la verdadera transparencia no se mide por los informes que se leen, sino por las verdades que se dicen.
Y en este paraíso, la justicia sigue siendo un lujo de papel… envuelta en discursos de paz.