Por Luis Mis
En un país donde el maíz no es solo alimento, sino símbolo de identidad, la iniciativa “Mujeres del Maíz”, impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum, adquiere una relevancia cultural y social incuestionable. No hablamos únicamente de un programa de apoyo, sino de un gesto de justicia histórica hacia las mujeres indígenas que han resguardado, generación tras generación, las semillas nativas que hoy nos siguen alimentando.
La protección constitucional frente a los transgénicos no es un asunto menor: significa preservar la pureza de las variedades de maíz que forman parte del patrimonio cultural de los pueblos originarios.
Para nuestros pueblos, el maíz no es solo comida: es vida, es la raíz de nuestra historia y también la forma en que hemos resistido a que todo se vuelva igual con la modernidad.
En Quintana Roo lo sabemos bien. Desde las milpas mayas hasta los rituales comunitarios, el maíz sigue siendo el eje de la vida cotidiana y espiritual. Reconocer a las mujeres que lo cultivan y protegen es también reconocer su papel como guardianas de la identidad cultural de México.

Sin maíz no hay país, pero sin las mujeres del maíz tampoco. Esta iniciativa es, más que un programa de gobierno, un recordatorio de que nuestra riqueza como nación está enraizada en la tierra, en las manos que la trabajan y en la cultura que se niega a desaparecer.