Por Luis Mis
En Cancún, la violencia volvió a tocar al transporte público: un operador de TTE fue captado agrediendo a un taxista con discapacidad. La escena, además de indignante, refleja una realidad que no podemos normalizar: la intolerancia y la violencia en las calles.

Ante ello, el secretario general del sindicato de taxistas “Andrés Quintana Roo”, Rubén Carrillo, tomó medidas inmediatas y contundentes: expulsar de manera definitiva al agresor, detener la unidad y notificar a las autoridades para que el operador no vuelva a tener acceso a un volante en el transporte público.
La rapidez de la respuesta es importante porque el servicio de transporte debe ser un espacio de seguridad y respeto, no de abusos ni de agresiones. Al mismo tiempo, abre un espacio de reflexión hacia todo el gremio: no basta con sancionar a un individuo, es necesario fortalecer una cultura de respeto, empatía y servicio entre todos los operadores.
Por esto, lo que hoy se hizo con firmeza, mañana debe traducirse en prevención. La ciudadanía necesita confiar en que quienes ofrecen el servicio de transporte actúan bajo principios de dignidad, seguridad y humanidad.
Y esa confianza sólo se construye con acciones constantes, no con discursos vacíos. Rubén Carrillo dio un paso necesario al marcar una línea roja: en el transporte público no hay cabida para la violencia ni la impunidad.
Ahora, el reto es que esta decisión no quede como un hecho aislado, sino como un precedente que inspire una transformación en el gremio y en la forma en que nos relacionamos como sociedad.