El Gato Maya

Día del Periodista: discursos, aplausos… y demandas

Por Luis Mis

En México, el Día del Periodista es una ceremonia peculiar: el poder sonríe, aplaude, abraza… y afila la demanda.
Todo en el mismo acto. Multitasking institucional.

Este 4 de enero volvieron a brotar los mensajes floridos desde el poder.
Gobernadores, secretarios, alcaldes y community managers con sueldo público recordaron —con profunda emoción redactada— que el periodismo es “fundamental para la democracia”.

Desde Quintana Roo, la gobernadora Mara Lezama escribió un mensaje impecable, de manual democrático:

“Reconocemos a las y los periodistas que ejercen con ética y compromiso. Su trabajo fortalece la democracia y la libertad de expresión.”

Hermoso.
Tan hermoso que dan ganas de enmarcarlo… y colgarlo en la sala de espera de los juzgados donde periodistas enfrentan demandas promovidas por políticos sensibles, delicados y con la piel más fina que papel arroz.

Porque una cosa es el discurso y otra la práctica del poder cuando no le gusta lo que lee.

Hoy en México no se mata tanto al periodista con balas —aunque aún ocurre—, sino con algo más sofisticado: carpetas, citatorios, juicios civiles, amenazas administrativas y fiscalías con imaginación creativa.

No es censura, dicen.
Es “defender el honor”.
Claro, el honor oficial siempre resulta herido… cuando alguien publica datos.

Las cifras no tienen ideología: el acoso judicial contra periodistas creció 143%. Más de 50 casos documentados sólo en meses recientes.

Pero tranquilos: según el discurso, vivimos en una democracia vibrante… vibrante de nervios.

El mensaje institucional dice “libertad de expresión”.
La realidad traduce:
—Escribe, pero no tanto.
—Critica, pero con cariño.
—Investiga, pero sin molestar.

Porque en este país el periodismo es libre… hasta que incomoda al gobernante en turno.
Ahí deja de ser prensa y se convierte mágicamente en “enemigo”, “golpista”, “mercenario” o “desestabilizador”. Viejo truco, nueva envoltura.

Los mismos gobiernos que hoy felicitan a la prensa, mañana le quitan publicidad, pasado mañana le mandan auditorías, y cuando se pone necio el reportero… le cae una demanda con firma elegante.

Por eso los posicionamientos de CONALIPE, FAPERMEX y FELAP no son exagerados: en México la ley se volvió garrote y el juez, árbitro con camiseta partidista.
Se debilitó la protección federal, se dejó obsoleta la legislación y se normalizó el hostigamiento como herramienta política.

Celebrar al periodista sin garantizar su seguridad es como felicitar al bombero… mientras se prende el cerillo.

Hoy no basta con mensajes bonitos ni hashtags bien peinados.

La libertad de prensa no se aplaude:
se tolera.
Se aguanta.
Se respeta incluso cuando duele.

Porque sin periodismo libre no hay transformación, sólo gobiernos que se escuchan a sí mismos… y se enojan cuando alguien más toma el micrófono.

Y es que en México, el poder no le teme al periodismo dócil.
Le teme al periodismo que no pide permiso.

Por eso aplaude en público y castiga en privado.
Por eso felicita un día… y demanda al siguiente.
Por eso habla de democracia mientras ensaya la mordaza.

La moraleja es simple, aunque incómoda:
cuando un gobierno presume que respeta la libertad de prensa, es porque quiere controlarla, no garantizarla.

El periodista que incomoda no es enemigo del Estado; es el último obstáculo entre el poder y su tentación autoritaria.

Y ojo, clase política:
el silencio comprado, la censura disfrazada y el miedo judicial no construyen gobernabilidad… construyen hartazgo.

Porque cuando ya no quedan periodistas libres, lo que sigue no es orden ni transformación:nes el aplauso obligatorio… y la verdad enterrada.

Y como diría el Gato Maya:
Al poder no le molesta el ruido; le aterra el maullido que piensa.

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