Por Luis Mis
México volvió a hacer lo que mejor sabe hacer cuando el mundo se incendia: leer la Constitución en voz alta mientras las bombas ya cayeron. Condenó la “intervención militar” de Estados Unidos en Venezuela, invocó la Carta de la ONU, habló de soberanía, de legalidad y de una América Latina convertida —al menos en el papel— en zona de paz.
Todo correcto. Todo impecable. Todo tardío.
Porque mientras el comunicado se redactaba con palabras bonitas, Nicolás Maduro ya iba rumbo al exilio forzado y Venezuela comprobaba, una vez más, que el derecho internacional sirve… siempre y cuando no estorbe a Washington.
Aquí no se está defendiendo a Maduro. A los dictadores no los salva nadie, ni siquiera sus discursos. Lo que queda al descubierto es algo más incómodo: el mundo ya no se rige por reglas, sino por conveniencias. Y cuando la conveniencia aprieta, la ONU se convierte en un florero caro y la soberanía en un adorno discursivo.
México insiste en que América Latina es una zona de paz. Y lo dice con la misma solemnidad con la que se dice que el mar Caribe es tranquilo en temporada de huracanes. La región no es zona de paz: es zona vulnerable. Sin músculo, sin cohesión y sin capacidad real de disuasión.
La captura de Maduro manda un mensaje brutal al resto del continente: el que se queda solo, cae solo.
No importa cuántos discursos dé, cuántos comunicados publique o cuántas veces invoque la legalidad internacional. Cuando el poder decide, la ley se hace a un lado.
Y esto México debería leerlo sin ingenuidad. Porque hoy fue Venezuela. Mañana puede ser cualquier país que incomode, que se desalineé o que deje de ser útil. En el nuevo orden global, la neutralidad no protege y la prudencia no blinda.
La condena mexicana es correcta, sí. Pero también revela una debilidad estructural: hablamos de paz desde la orilla, mientras otros redibujan el mapa a bombazos.
El mundo cambió.
Y al que no lo entienda, no le mandan comunicado: le mandan helicópteros.