Por Luis Mis
Si esto fuera película, Donald Trump estaría caminando en cámara lenta, con música de fondo y gafas oscuras, mientras anuncia en su red social —porque los imperios modernos se gobiernan desde el celular— que Nicolás Maduro fue capturado, empaquetado y exportado, como mercancía incómoda, rumbo a un destino desconocido pero seguramente “democrático”.
Trump lo dijo sin despeinarse: ataque a gran escala, captura quirúrgica y traslado aéreo. Maduro, el dictador que se vendía como indestructible, terminó convertido en equipaje diplomático, acompañado de Cilia Flores, como quien no quiere viajar solo al exilio forzado. El socialismo del siglo XXI reducido a maleta de mano.
Pero no nos engañemos: aquí no hay héroes, solo depredadores con distinto collar.
Trump no liberó a Venezuela; la cobró.
Maduro no cayó por justicia; se quedó sin protección.
El mensaje no va dirigido a Caracas, sino al mundo: “cuando Estados Unidos decide, decide”. Y Trump, fiel a su estilo de vaquero nuclear, lo anunció no desde la ONU ni desde el Pentágono, sino desde Truth Social, ese púlpito donde la geopolítica se mezcla con el ego.
Maduro, que por años gritó soberanía mientras entregaba el país en pedazos, terminó confirmando la ironía histórica: los dictadores siempre presumen control… hasta que alguien más aprieta el botón.
Hoy Venezuela no amanece libre, amanece huérfana de tirano, que no es lo mismo. Y Trump no se convirtió en salvador; solo en editor del final de un capítulo sangriento, escrito con drones, petróleo y cálculo electoral.
Y es que cuando los dictadores caen es porque ya no sirven.
Los imperios actúan cuando les conviene.
Y los pueblos… esos siempre pagan la factura.
Porque en esta historia, ni el capturado es mártir, ni el captor es santo.
Son sólo dos caras del mismo poder, una con boina y otra con gorra roja.