Por Luis Mis
Uno le pregunta al regidor algo muy simple: —¿Cuál ha sido su principal aporte al Cabildo?
Y él responde como si estuviera pagando por palabra.
La explicación dura tanto que uno alcanza a revisar el celular, pedir café, terminarlo… y cuando vuelve, el regidor sigue en la comisión de la comisión de la subcomisión.
Que si empleo municipal, que si empleo rosa, que si empleo joven, que si empleo con discapacidad, que si el camino podotáctil —que no es adorno, aclara—, que si el bastón blanco, que si el toldo, la mesa, la silla y el empresario que “amablemente” pone todo porque el Ayuntamiento no maneja recursos ahí. Faltó que nos dijera quién pone el garrafón.
El mensaje es claro: el Cabildo hace de todo… menos lo que la gente cree que hace.
Porque el regidor se esfuerza mucho en aclarar que no es ejecutivo, que no hace obra, que no pavimenta, que no arregla calles, que no tapa baches, que no paga sueldos. Él solo aprueba, analiza, revisa, ajusta, turna, vuelve a analizar y vuelve a aprobar.
O sea: administra la esperanza ajena.
Cuando se habla de inseguridad —el problema número uno— el dato es contundente: la percepción ya roza el 79%. Pero tranquilo, ciudadano, eso lo ve otra comisión, otro instituto, otro escritorio. Aquí sólo se toman notas.
En corrupción, el regidor es categórico: no ha visto nada raro. ¿Por qué? Porque en su comisión no se manejan recursos. Lógica institucional impecable: si no hay dinero en la mesa, no hay mordidas. El pecado siempre está en el piso de arriba… o de abajo… o del otro edificio.
Sobre transparencia, reconoce que desaparecer el instituto autónomo fue mala idea. Pero no pasa nada: ahora los órganos de control dependen del gobierno. Nada como vigilarse a uno mismo frente al espejo y decir “todo bien”.
Movilidad merece capítulo aparte: calles resbalosas, concreto hidráulico convertido en pista olímpica, accidentes mortales, patrullas que hacen de conos humanos y avenidas que cuando no llueve son autopista, y cuando llueve son trampa mortal. Pero ojo: la culpa es de la ley, del instituto, del clima y de la lluvia, nunca del diseño.
En economía, el discurso ya roza la comedia negra: el salario mínimo sube, pero el huevo se come casi la mitad; la tortilla se lleva el resto; y el ciudadano celebra mientras hace malabares con 23 productos de la canasta básica que ya no caben en la bolsa… ni en el sueldo.
Morena, PT y Verde han perdido más de 15 puntos de aceptación, pero no se preocupen: siguen unidos. No por amor, sino por miedo a perder el poder. Lo que antes criticaban del PRI ahora lo practican con más camiones, más tortas y más selfies. La vieja política con camiseta guinda.
Al final, el regidor confiesa que aspira —cómo no aspirar, si respira—, pero que hoy su deber es aprobar presupuestos, vigilar sin ensuciarse y explicar que si la ciudad no avanza… no es culpa del Cabildo, es culpa de que usted no entiende cómo funciona.
Y remata con una invitación tierna: —Acérquense a un regidor, para que les expliquemos.
Traducción del Gato Maya: Vengan, siéntense, escuchen… y luego regresen a su casa a seguir esperando.
Cancún no necesita más discursos largos.
Necesita resultados cortos.
Pero eso sí: el regidor habló tan bien, tan largo y tan seguido… que casi gobierna.