Por Luis Mis
En el Cabildo de Benito Juárez se habla de seguridad con tono serio, café en mano y palabras bien acomodadas. Y no es para menos: en Cancún, prometer seguridad es como prometer que no va a llover en temporada de huracanes. Se intenta, se desea… pero nadie firma garantía.
La regidora morenista Susana Dzib González, presidenta de la Comisión de Seguridad Ciudadana y Tránsito, lo dice con convicción: hay avances, hay presencia territorial, hay más patrullaje, hay comités de vigilancia y hay mesas de seguridad que trabajan todos los días. Todos. Sin descanso. Tan disciplinadas que uno pensaría que la delincuencia ya pidió turno para ser atendida.
Y ojo, el esfuerzo ahí está. Se nota en el discurso ordenado, en la narrativa del “territorio primero” y en esa idea tan de la 4T de que escuchar al pueblo es parte de la solución. El problema —como siempre— es que Cancún no se camina en discursos, se camina en banquetas.
Mientras en el Cabildo se habla de porcentajes a la baja, en la colonia el ciudadano sigue afinando el instinto: guardar el celular, caminar rápido y llegar con bien. Porque aquí la percepción no se mide con gráficas, se mide con el pulso acelerado.
La regidora insiste en algo clave: cero tolerancia a la corrupción. Cámaras encendidas, gafetes visibles y castigos ejemplares. Suena bien. Suena correcto. El reto es que en Cancún la corrupción no siempre se anuncia, se disfraza… y a veces hasta se esconde fuera de cuadro.
Las casetas de vigilancia abandonadas ahora son centros de bienestar. Antes cuidaban la colonia; hoy cuidan la narrativa. No está mal reinventarse, dicen, aunque el ratero no siempre distingue entre un programa social y una oportunidad.
Eso sí, hay mesas de seguridad diarias. Tantas que si el problema no aparece en el orden del día, pareciera que no existe. En Cancún, a veces el delito no se combate: se analiza con café, se turna y se promete seguimiento.
Y aun así, Susana Dzib González defiende la trinchera más ingrata del Cabildo. Porque hablar de seguridad es agradecer lo que mejora y aguantar lo que no. Es caminar entre el optimismo institucional y el escepticismo ciudadano sin perder el equilibrio.
Al final, Cancún sigue siendo esa ciudad donde el gobierno dice “vamos avanzando”, la oposición dice “esto es un desastre” y el ciudadano dice “con permiso, voy a llegar rápido a mi casa”.
Por eso cuando el discurso patrulla, pero la realidad corre, no queda más que seguir vigilando… y cruzar la calle con cuidado.