Por Luis Mis
Hoy a las 10 de la mañana, mientras la mitad de Cancún todavía estaba peleándose con el tráfico de la Andrés Quintana Roo, el líder de la CTM, José Isidro Santamaría, llegó muy campante al Centro de Justicia Penal Federal para su audiencia. Llegó con su amparo como quien llega con su boleto VIP al concierto… y ¡zas!, la Policía Ministerial se lo llevó como si fuera llavero promocional.
Uno esperaría que al menos le hubieran dado chance de saludar, pero no: lo abordaron con esa sutileza que distingue a las instituciones de justicia del estado —algo así entre “¡Buenos días!” y “¡Suba o lo subo!”— y lo mandaron derechito a la Fiscalía en la avenida Huayacán, ese lugar donde las carpetas se pierden más fácil que los calcetines en la lavadora y donde la justicia es tan transparente… que nadie la ha visto.
Santamaría traía su amparo bien dobladito, como quien carga estampita de la Virgen por si acaso. Pero en Quintana Roo un amparo sirve más o menos como un paraguas en huracán categoría 5: bonito, pero inútil.
Según el propio Santamaría aquí la ley no se acata, se negocia.Y si no traes la cantidad correcta, pues ¡a la fila de detenidos!,
Luego entonces la Fiscalía de Quintana Roo funciona como una especie de Oxxo de la extorsión:
—¿Quiere acceso a su carpeta?
—Claro joven, ¿con copia o sin copia? Son $500,000.
Y no aceptan puntos, ni vales de despensa, ni tarjeta del bienestar. Puro efectivo.
Su equipo jurídico también asegura que las acusaciones son puro montaje creativo. Y, la verdad, presentar 14 delitos juntos es como servir pozole con tamal, torta y cochinita: algo ya no cuadra.
Sus abogados encabezados por Moisés Méndez López gritan que todo es un montaje —catorce delitos le colgaron, como si fuera arbolito de Navidad— para presionarlo por un homicidio ocurrido hace seis años. Que no hay sustento, que es puro invento, que es extorsión, que es teatro. Y si uno mira el historial de quienes manejan la fiscalía… pues mire, ni cómo discutirlo.
Y es que el fiscal Raciel López Salazar trae más historias que libro de texto gratuito. En Puebla lo sacaron por presuntos vínculos con el narco y por dirigir lo que el difunto Miguel Barbosa describió como “una mafia”.
Mire usted, que te diga “mafia” Barbosa… eso ya es nivel platino en el mundo del sospechosismo.
Y aquí entra otro personaje favorito: Pedro León Toro Peña, el hombre que convirtió la extorsión en multitarea.
Bares, cantinas, centros nocturnos, casas de citas… todos tenían que “cooperar” para que no llegaran revisiones sorpresa. Ya ve, revisiones de esas que encuentran irregularidades hasta en el aire acondicionado.
Pero lo mejor fue la inolvidable fiesta de XV años de su hija: más de 3.5 millones de pesos, Los Tucanes de Tijuana tocando en vivo, luces, producción, humo… sólo faltó que bajaran ángeles del cielo con coreografía incluida.
Un detalle curioso: ningún policía honesto —ni juntando 200 años de salarios— podría pagar una fiesta así.
Pero Toro Peña sí pudo.
Misterios de la vida, diría mi abuela.
Y aunque “oficialmente” lo separaron del cargo, ahí andaba el señor pegadito al fiscal Raciel en eventos —como hasta el día de hoy—, como buen gorrón institucional. No trabaja… pero trabaja. No está… pero sí está. Como si fuera su sombra… o su cobrador.
Una especie de Schrödinger de la corrupción.
Hoy detienen a Santamaría; mañana, quién sabe a quién. Pero lo que sí está claro es que la Fiscalía de Quintana Roo no persigue la justicia: persigue ingresos extra.
Lo que debería ser una institución seria parece más la administración de una plaza… y no de las comerciales, de las otras.
¿Santamaría es culpable?
No lo sabemos.
¿La Fiscalía está podrida?
Hombre, eso se huele desde Huayacán hasta Tulum, porque -como dijera Santamaría- no aplica eso de “la justicia es ciega”, aquí la justicia ve… pero sólo cuando le pagan los lentes.
Y al final, después de tanta detención de alfombra roja, tanta carpeta “extraviada”, tantas cuotas clandestinas y tantos funcionarios que viven como jeques con sueldo de burócrata, queda la duda que nadie quiere decir, pero todos sabemos:
En Quintana Roo la justicia no está ciega… está bizca, miope y además toma decisiones después de dos tequilas.
Porque claro, uno se ríe —¿qué otra cosa queda?—, pero sólo es la forma elegante de aceptar que aquí el sistema no está roto: así funciona.
Los que pagan mandan, los que no pagan bailan, y los que protestan… terminan en Huayacán dando “su declaración”.