Aquí hay una jugada que merece más atención de la que probablemente tendrá en la agenda política del fin de semana
Mientras buena parte de la conversación turística de Quintana Roo sigue concentrada en hoteles, playas, aeropuertos y grandes inversiones, Estefanía Mercado acaba de poner sobre la mesa una carta distinta: llevar el desarrollo turístico hacia las comunidades rurales y convertir su riqueza cultural y natural en oportunidades para quienes ahí viven.
Y eso, querido lector, no es poca cosa.
La presidenta municipal de Playa del Carmen, de la mano con el Ayuntamiento de Lázaro Cárdenas, dio un paso para impulsar la declaratoria de Kilich Kab —Mundo Sagrado— como Zona Rural Comunitaria con Potencial Turístico, con la mira puesta en convertirla en la décimo tercera marca turística de Quintana Roo.
La iniciativa contempla un corredor biocultural de más de 400 mil hectáreas y alrededor de 40 comunidades, entre ellas Uxuxubí, Campamento Hidalgo y Punta Laguna, vinculadas a Playa del Carmen.
¿Y qué tiene de interesante?
Que aquí el turismo puede dejar de ser solamente una vitrina para convertirse en herramienta de desarrollo comunitario.
Porque Quintana Roo tiene una paradoja enorme: presume ser una de las potencias turísticas de México, pero durante décadas buena parte de esa riqueza se ha concentrado alrededor de los grandes destinos y de los grandes negocios.
Mientras tanto, en las comunidades rurales existe otro Quintana Roo: el de los saberes ancestrales, la cultura, las artesanías, la selva, la biodiversidad y las historias que no aparecen en los folletos de las agencias de viajes.
Y ahí es donde Estefanía Mercado parece haber entendido algo importante: el futuro turístico no necesariamente consiste en construir más, sino en aprovechar mejor lo que ya existe.
La propuesta tiene además un ingrediente político interesante.
Mercado no llegó a decirles a las comunidades qué hacer con su territorio. Por el contrario, planteó que sean ellas mismas quienes participen en las decisiones sobre su futuro.
¡Bien jugado!
Porque si el turismo comunitario pretende ser realmente sostenible, no puede llegar con el viejo modelo de “ustedes ponen la tierra y otros se llevan la ganancia”.
La verdadera apuesta tendría que ser exactamente la contraria: que la comunidad sea protagonista, beneficiaria y guardiana de su patrimonio.
Y ahí está el desafío.
Porque anunciar una declaratoria es relativamente sencillo. Lo verdaderamente complicado será convertirla en empleos, mercados para las artesanías, capacitación, infraestructura, conectividad, promoción turística y, sobre todo, ingresos que lleguen efectivamente a las familias.
Ahí se sabrá si esto fue una buena fotografía política o el comienzo de una política pública de largo alcance.
También resulta relevante la coordinación con el Gobierno del Estado, particularmente con la Secretaría de Turismo, porque una estrategia de esta dimensión requiere que Federación, Estado, municipios y comunidades dejen de caminar cada quien por su lado.
Y si algo necesita Quintana Roo es precisamente eso: menos protagonismos y más coordinación.
La región nororiental tiene una oportunidad enorme: Playa del Carmen posee una de las marcas turísticas más reconocidas del país; las comunidades poseen aquello que el turismo moderno busca cada vez más: experiencias auténticas, naturaleza, cultura y contacto con el territorio.
La pregunta es si serán capaces de conectar ambos mundos sin destruir aquello que hace atractivo al segundo.
Porque sería una verdadera contradicción que, en nombre del turismo sostenible, termináramos haciendo lo mismo de siempre: explotando el territorio hasta convertirlo en otra mercancía.
Por eso, este viejo gato ve con buenos ojos la jugada de Estefanía Mercado, pero también mantiene las uñas listas.
El proyecto merece apoyo, sí. Pero también vigilancia. Que el discurso de prosperidad compartida se traduzca en prosperidad compartida; que el turismo comunitario no termine siendo turismo para unos cuantos y que Kilich Kab no se convierta simplemente en otra etiqueta bonita para vender Quintana Roo.
Si se hace bien, la décimo tercera marca turística del estado podría significar algo mucho más importante que un nuevo nombre en el mapa: podría ser una nueva manera de entender el desarrollo.
Y eso, en un estado que durante décadas ha vivido del turismo, sí sería un verdadero paso histórico.
Este gato seguirá observando, porque cuando la política descubre que la selva, la cultura y las comunidades también pueden ser protagonistas del desarrollo, hasta los grandes felinos del turismo tienen que cambiar de territorio.
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