El Gato Maya

CAMI y el bazar que convirtió compras en abrazos.

La mañana del domingo pasado en Cancún comenzó con el ruido metálico de las perchas y el murmullo apurado de quienes llegaban antes de que el sol apretara. No era un centro comercial ni una venta de temporada. Era un bazar con causa organizado por el albergue CAMI, y desde las primeras horas ya se sentía distinto.

Las mesas se fueron cubriendo de ropa nueva y accesorios donados por exclusivas tiendas departamentales. Prendas impecables, cuidadosamente acomodadas por manos voluntarias que doblaban, clasificaban tallas y sonreían como si supieran que cada etiqueta llevaba algo más que un precio: llevaba una historia.

A un costado, Georgina Villanueva Bojórquez, presidenta de la asociación civil, recorría el lugar saludando, agradeciendo, animando. No había protagonismo, sino gratitud. Se detenía con cada voluntario, con cada ciudadano que cruzaba la puerta dispuesto a comprar y, sin decirlo en voz alta, a ayudar.

El flujo de personas fue constante. Algunas buscaban una blusa, otras un bolso; algunas preguntaban por tallas, otras simplemente querían “aportar algo”. Entre elección y elección, se escuchaban frases breves: “Es para una buena causa”, “Qué bueno que hacen esto”, “Ojalá se recaude mucho”. No era un tianguis elegante. Era una red de apoyo tejida en tiempo real.

Mientras tanto, en algún hospital de la ciudad, una madre seguramente aguardaba noticias sin saber que, a unos kilómetros, alguien estaba comprando la posibilidad de que ella pudiera dormir bajo techo esa noche.

Porque eso es CAMI: un refugio para familias de escasos recursos —muchas provenientes de la zona maya— que llegan a Cancún con lo indispensable y con el miedo instalado en el pecho cuando la enfermedad toca a uno de los suyos.

La enfermedad no distingue códigos postales. Puede irrumpir en cualquier hogar. Pero cuando golpea lejos de casa, la angustia pesa el doble. No solo hay que enfrentar diagnósticos y tratamientos; también hay que resolver dónde dormir, qué comer, cómo resistir.

El bazar avanzó entre sonrisas y bolsas que se llenaban. Las cajas registraban ventas, sí, pero lo que realmente se acumulaba era otra cosa: horas de descanso para quien no ha dormido, alimentos para quien no ha podido pensar en sí mismo, dignidad para quien no quiere pedir, pero necesita.

Al cierre, el cansancio era visible en los voluntarios. También la satisfacción. Georgina Villanueva Bojórquez volvió a tomar la palabra para agradecer. No habló de cifras primero. Habló de solidaridad. De comunidad. De esa capacidad que tiene Cancún —ciudad de contrastes tan intensos como el azul del Caribe— de mirar más allá de sus hoteles y recordar que su verdadera grandeza no está en el lujo, sino en la empatía.

Cuando se desmontaron las mesas y se guardaron las prendas restantes, quedó algo más que un espacio vacío. Quedó la certeza de que, en medio del ruido político y la prisa cotidiana, hay quienes sostienen historias en silencio.

Y que, cuando quiere, Cancún sabe abrazar.

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