Por Luis Mis
En la política de Quintana Roo abundan los que hablan mucho y hacen poco. El ruido suele confundirse con liderazgo y la ambición con proyecto. En medio de ese ecosistema, resulta inevitable voltear a ver a quienes, sin aspavientos, comienzan a construir autoridad desde el trabajo y no desde la grilla.
La consolidación de los Comités Ambientales impulsados por Óscar Rébora no es un simple ejercicio administrativo. Es, en términos políticos, una señal de rumbo. Apostar por organización social y corresponsabilidad ciudadana en la defensa del patrimonio natural es tocar una fibra sensible en un estado donde el desarrollo mal entendido ha dejado cicatrices profundas.
No es casualidad que, mientras otros perfiles se desgastan en la disputa anticipada, Rébora aparezca cada vez más identificado con resultados y no con escándalos. Su capital político no se ha construido en el escritorio ni en la guerra de declaraciones, sino en el territorio, ahí donde la política se vuelve tangible y donde la ciudadanía distingue con claridad quién trabaja y quién sólo posa.
En Cancún, particularmente, la percepción es clara: se trata de uno de los perfiles mejor aceptados, no por marketing ni por encuestas infladas, sino por una gestión que ha logrado vincular preparación técnica con compromiso social. En tiempos donde la desconfianza es la norma, ese no es un dato menor.
La agenda ambiental se ha convertido, le guste o no a la clase política, en un termómetro de credibilidad. Quien la asume con seriedad demuestra visión de largo plazo; quien la usa como accesorio electoral, termina exhibido por la realidad.
Como diría este gato maya: el poder que se edifica con trabajo resiste el tiempo; el que nace del ruido y el marketing se evapora. Y rumbo a la política que viene, el territorio no pedirá permiso: mandará, aunque a más de uno le incomode. 🐾