Por Luis Mis
En Quintana Roo ya no se asesina la reputación con columnas, investigaciones o debates. No, qué va. Ahora se hace con un audio mal grabado, un mensajito reenviado diez veces y una tía indignada que escribe: “dicen que está muy grave”. Y listo: muerto políticamente… aunque el susodicho siga más campante que gato en azotea caliente.
Así ocurrió con Rafael Marín Mollinedo, director nacional de Aduanas y suspirante guinda a la gubernatura. Unos dicen —con la solemnidad de los viejos operadores de mapache— que “lo mataron” en WhatsApp, práctica común entre estrategas que se quedaron en la era del fax y el rumor de pasillo. Otros, más malpensados (y por eso más realistas), juran que el show salió desde el propio equipo del funcionario: un numerito mediático para victimizarlo, humanizarlo y, de paso, poner su nombre a circular como billete en quincena.
Pero mire usted qué casualidad: haya sido ataque o autopromoción con efectos especiales, el tiro salió derechito al centro del posicionamiento. Todo mundo hablando de Marín Mollinedo, todo mundo preguntando por su salud, todo mundo recordando que existe… y que quiere la grande en Quintana Roo. Marketing político de bajo presupuesto, pero de alta eficiencia.
Porque aquí la regla es clara: el que no sale en el chisme, no juega en la sucesión. Y si sales como “víctima”, mejor todavía: te arropan, te defienden y hasta te rezan. Santo remedio para subir en el termómetro político sin despeinarse.
Y no se sorprenda usted si mañana amanece un rumor conveniente sobre el senador Eugenio Segura, o si de pronto a Ana Paty Peralta o a Estefanía Mercado les ocurre “algo raro” que amerite solidaridad digital, cadenas de oración y entrevistas lacrimógenas. No porque uno sea mal pensado, sino porque en esta pasarela rumbo al 2027 todos buscan reflector, aunque sea con luz de emergencia. Aquí lo importante no es gobernar bien, sino hacerse notar mejor.
Lo verdaderamente preocupante no es si lo “mataron” desde fuera o si se dejó “matar” desde dentro. Lo preocupante es que este tipo de circo ya es parte normal de la contienda. No se discuten proyectos, se fabrican narrativas; no se confrontan ideas, se administran escándalos; no se gana por méritos, se gana por trending topic.
Así de maquiavélico —y así de tropical— pinta el proceso que se nos viene. Una sucesión donde el WhatsApp sustituye al debate y la victimización reemplaza al currículum.
En resumen: lo dieron por muerto en el chat…pero revivió en la conversación pública.Y en política, mis queridos ratones de biblioteca, eso cuenta más que mil discursos.
Abróchense los cinturones, que si así arrancó la función, el circo apenas va levantando la carpa.🐾