Por Luis Mis
Mientras muchos brindaban, otros sostenían el volante. Mientras la mesa se llenaba de uvas, en la calle se llenaban de servicios. Así fue como, una vez más, los taxistas de Cancún sacaron la casta la noche del 31 de diciembre y demostraron que el trabajo también se celebra… aunque sea desde el asiento del conductor.
No fue magia.
No fue abuso.
No fue tarifa alterada.
Fue algo que en Cancún todavía sobrevive pese a todo: solidaridad.
Anoche, muchos taxistas se “rayaron”, sí. Pero no porque se pasaran de listos, sino porque los ciudadanos reconocieron el sacrificio: pagar un poco más como propina, bono o gesto de agradecimiento por ese servicio especial que nadie más quiso dar cuando el reloj marcaba fiesta.
Porque mientras las aplicaciones bajaban disponibilidad, subían tarifas dinámicas y se escondían detrás del algoritmo, los chafiretes de toda la vida estaban ahí: llevando, trayendo, esperando, regresando, resolviendo. Sin discurso corporativo, sin notificación push, sin letra chiquita.
Nadie obligó a nadie. La gente pagó de más porque quiso, porque entendió que alguien estaba dejando la cena, la familia y el brindis para que otros pudieran llegar seguros a casa o seguir la fiesta sin riesgo. Eso no es abuso; eso es reconocimiento social.
Y ojo con esto: cuando el ciudadano reconoce al taxista, no sólo está pagando un servicio, está defendiendo un modelo humano de movilidad. Uno donde el conductor no es un ícono en la pantalla, sino una persona con nombre, historia y necesidad.
Claro que hay pendientes.
Claro que hay abusos que deben corregirse.
Claro que la movilidad en Cancún necesita orden.
Pero también es cierto que sin los taxistas, la ciudad se paraliza, especialmente en fechas críticas. Y noche, mientras el año viejo se despedía, los taxistas no pidieron aplausos… pero se los ganaron.
Porque cuando todos festejan, alguien tiene que trabajar.
Y cuando alguien trabaja mientras todos festejan, merece respeto.
Cancún sabe reconocer cuando el volante se usa con dignidad.
Por eso, la movilidad también se agradece…
y a veces, se paga con propina y con memoria.