Por Luis Mis
Habla Rodrigo Vázquez Coutiño, “El Patriota”, y dice algo que incomoda más que un impuesto nuevo: este país no va a cambiar sólo a base de quejas en redes sociales ni de lamentos con café cargado. Y no, amable lector, no es un ataque personal… es un retrato colectivo.
Porque aquí somos expertos en indignarnos, pero pésimos para actuar.
Somos revolucionarios de teclado, héroes del meme y campeones del “qué barbaridad”, pero cuando hay que ir a un cabildo, firmar una iniciativa ciudadana o plantarse a exigir cuentas claras… ahí sí, curiosamente, se nos pierde la señal.
La pregunta es simple y brutal:
¿Quién ha ido a un cabildo a exigir resultados?¿Quién ha usado las herramientas jurídicas que tanto presume la Constitución?
¿Quién ha marchado, organizado, incomodado?
Silencio.
Ese silencio cómodo que no grita, pero sí hace cómplice.
Viene un nuevo impuesto por emplacamiento, y mientras algunos ya hacen fila para pagar “porque ni modo”, otros se quejan… pero desde la comodidad del sillón. Nos quejamos del abuso, pero pagamos obedientes, como si el abuso viniera con recibo oficial y sonrisa institucional.
Rodrigo lo dice sin rodeos: dar la cara al sistema cuesta. Cuesta tiempo con Dios, con la familia, con los amigos; cuesta salud, dinero y, a veces, libertad.
Confiesa también algo que muchos callan: creyó en López Obrador. Se dejó seducir por el discurso… y despertó del encantamiento. Porque la gasolina no bajó, las medicinas no llegaron, la seguridad no apareció y el país no se transformó como se prometió. Y no, eso ya no es debate ideológico, es memoria histórica reciente.
La propuesta es clara y peligrosa —peligrosa para el conformismo—:
- Organizarnos en comités vecinales, resolver lo que el gobierno no resuelve y reconstruir comunidad.
- Protestar de forma pacífica, con firmas y acción ciudadana, contra impuestos sin resultados.
Porque, dígame usted:
¿cómo pagar emplacamiento si las calles parecen campos de guerra, los semáforos decorativos y las banquetas trampas mortales?
¿O ahora también hay que pagar por tropezar?
La relación Estado–ciudadano es como cualquier relación tóxica: si permites el abuso, el abuso se vuelve costumbre.
Y sí, pagar impuestos no es el problema; el problema es que terminen en cuentas, vanidades y campañas… mientras la calle sigue rota y la gente también.
El Gato Maya lo dice sin rodeos:
El que vende su voto es cómplice.
El que se calla por un sueldo también.
Y el que mira para otro lado… ni se diga.
Rodrigo lanza una pregunta incómoda:
¿Sigo luchando o me retiro a vivir bien?
¿Sigo poniendo tiempo, dinero y esfuerzo… o me dedico a disfrutar?
Y ahí está el verdadero dilema nacional: si los que sí actúan se cansan, ¿qué nos queda a los que sólo opinamos?
Porque la patria no se defiende con discursos largos ni con hashtags patrióticos.
Se defiende con acción, organización y conciencia.
México no está en riesgo sólo por los políticos corruptos, sino por los ciudadanos que prefieren no meterse… porque la apatía también gobierna.