Por Luis Mis
En Caracas no cantaron gallos esta madrugada del 3 de enero. Cantaron explosiones. Siete, dicen los vecinos; suficientes para que el miedo saliera en chanclas a la calle mientras helicópteros rasgaban el cielo como zopilotes con GPS gringo.
Y ahí empieza el teatro del absurdo.
Donald Trump, el sheriff del mundo libre —según él mismo— decidió volver a jugar a Rambo tropical: drones, misiles y discursos patrioteros contra el “narcoestado venezolano”. Todo muy valiente… desde el cielo. Todo muy moral… viniendo del país donde las calles huelen más a fentanilo que a democracia.
Porque seamos claros: si Estados Unidos quisiera combatir en serio el consumo de drogas, no estaría bombardeando Caracas; estaría declarando zona de desastre a varias de sus propias ciudades zombis, esas donde los adictos caminan como muertos vivientes bajo la bandera de las barras y las estrellas. Pero no.
Es más fácil exportar bombas que asumir culpas.
Del otro lado del ring está Nicolás Maduro, el revolucionario de saliva espesa y puño en alto, que grita “¡imperialismo!” mientras administra un país quebrado, militarizado y saqueado por su propia élite. El mismo Maduro que habla de soberanía mientras el petróleo venezolano es moneda de cambio, botín y pretexto. El mismo que convirtió la revolución en negocio familiar y al pueblo en escudo humano.
Trump bombardea con misiles; Maduro bombardea con hambre.
Uno presume fuerza; el otro victimiza su fracaso.
Y en medio, como siempre, la gente. La gente jodida.
La versión oficial venezolana dice que el ataque busca “apoderarse de los recursos estratégicos del país”. Y no mienten… pero tampoco dicen toda la verdad. Porque si hay algo más peligroso que el imperialismo gringo, es una dictadura que ya vendió la casa y todavía se queja del ladrón.
Fuerte Tiuna. La Carlota. Bases militares. Objetivos quirúrgicos, dicen los gringos. Daños colaterales, murmuran los cínicos. Terror real, gritan los barrios.
Trump dice que está en “conflicto armado” con los cárteles. Curioso conflicto: los muertos no caen en Miami ni en Texas, caen en el Caribe y en Sudamérica. Guerra ajena, dolor ajeno, petróleo cercano.
Maduro acusa complot, pero no explica por qué Venezuela terminó convertida en tablero de guerra, en bodega de narcos y en excusa perfecta para la intervención. No llegó Trump a destruir una democracia ejemplar; llegó a rematar un desastre autoritario.
Hoy Caracas vive una madrugada de terror. Y no, esto no se celebra. Sólo los fanáticos aplauden los bombardeos desde el sillón. Solo los ciegos justifican dictaduras porque “son de izquierda”.
El Gato Maya lo dice claro:
estoy en contra de las dictaduras… y también de los imperios con doble moral.
Porque cuando Trump juega a la guerra y Maduro juega a la víctima, los únicos que pierden son los venezolanos de a pie. Ojalá no haya muertos. Ojalá solo sean fierros rotos.
Y ojo, México, que nadie se haga el sordo ni el ciego. Porque mientras Caracas arde y Maduro grita “imperio”, del otro lado del río Bravo ya nos están poniendo el mismo mote: país sospechoso, vecino incómodo, territorio permisivo, casi casi patrocinador del terrorismo. Donald Trump no distingue matices: para él, narcotráfico, migración y terrorismo caben en el mismo costal… y México está dentro.
Y que nadie se equivoque: esto no es una defensa de Maduro ni una absolución del desastre venezolano. Las dictaduras se caen solas. Pero lo que se está normalizando es algo peor: la idea de que Estados Unidos puede decidir quién gobierna, quién cae y quién merece ser bombardeado, mientras su propia crisis de drogas, violencia y consumo se pudre desde adentro.
Y es que la historia nos ha enseñado que cuando los poderosos se pelean, el pueblo siempre paga la factura.
Y esa, mis queridos lectores, nunca llega en dólares… llega en sangre.