Por Luis Mis
En Quintana Roo, hablar del 2027 se ha vuelto un deporte extremo. No hay calendario, no hay reglas claras, no hay silbatazo inicial… pero todos ya están corriendo. Y como en toda carrera mal organizada, los primeros en salir son los más nerviosos.
Aquí la sucesión se comenta como el clima: nadie la controla, nadie la define, pero todos juran saber cómo va a terminar.
Y entre tanto rumor bien sembrado, aparece Ricardo Monreal, viejo lobo de la política, de esos que no aúllan sin razón. Monreal hizo lo que pocos se atreven: poner nombres sobre la mesa. Dijo lo evidente, pero con bisturí:
Gino Segura.
Ana Paty Peralta.
Rafael Marín Mollinedo.
Tres perfiles fuertes. Hasta ahí, ninguna revelación divina.
Lo importante vino después.
Monreal no habló de ganar elecciones.
Habló de romper procesos.
Advirtió que sin reglas claras el proceso interno de Morena puede volverse una licuadora: deserciones anticipadas, brusquedad, dinero metido donde no debe. No lo dijo con alarma, lo dijo con experiencia. Eso no es futurología: es memoria institucional.
Y mientras unos hacen cálculos en cafés y otros filtran listas como si fueran boletines oficiales, hay un detalle que muchos rumores convenientemente olvidan: Claudia Sheinbaum.
La presidenta no es comentarista política.
No es espectadora de la sucesión en estados clave.
Es árbitro.
Y en el obradorismo heredado hay muchas cosas, menos una: la dispersión del poder.
Ningún acuerdo local, ningún pacto de pasillo, ningún entusiasmo prematuro pasa sin su validación. El que no entienda eso, sigue jugando a la política de otros tiempos.
Aquí el problema no es quién gane una encuesta. El problema es cómo se llega a ella.
Ahí es donde Morena se juega algo más serio que un nombre: la unidad.
Porque adelantarse no fortalece, fractura.
Filtrar no posiciona, desgasta.
Y sentirse ganador antes de tiempo suele ser el primer paso para perder.
El 2027 no está decidido.
Está en disputa silenciosa.
Quien crea que la sucesión se gana corriendo primero, no leyó el tablero. Aquí gana el que llega entero, no el que llega antes.
Porque en política —como en el ajedrez— el que mueve sin pensar, el que se emociona de más, termina perdiendo la reina…
y a veces el juego completo.