Por Luis Mis
En el zoológico del sindicalismo mexicano hay de todo: dinosaurios, aves de plumaje viejo, caciques de colmillo largo… y, de vez en cuando, aparece alguien diciendo: “Nosotros no queremos ser eso”.
Eso dijo Lino Lara Liceas, secretario general del STEIQROO, y hay que reconocerlo: no es poca cosa declararse en rehabilitación después de haber pasado por la CTM y la CATEM. Con respeto —dice—, pero con memoria.
Lino lo dijo claro: no quieren caer en el charrismo ni en el sindicalismo tradicional. Y ahí el Gato Maya afina el oído, porque esa frase es promesa… pero también reto.
El charrismo no se quita cambiando el logo ni el nombre del sindicato. Se quita con democracia real, rendición de cuentas y algo muy escaso en estos tiempos: congruencia.
Por ahora, el STEIQROO se presenta como sindicato profesional, afiliado al Congreso del Trabajo, con vínculos con la OIT y con presencia en todos los municipios. En papel, suena ordenado. En discurso, suena distinto. Falta lo más difícil: sostenerlo en la práctica.
Y es que cuando un líder sindical empieza a hablar de planificación rumbo a 2026, uno entiende que aquí no sólo se trata de derechos laborales. Se trata también de tiempos políticos.
Porque el sindicalismo, aunque se vista de técnico, nunca deja de ser político. La diferencia está en si se usa para empoderar trabajadores… o para negociar cuotas.
Lino parece apostar por lo primero. El tiempo —ese juez sin sindicato— dirá si alcanza.
Y Lino suelta otra frase clave: “Antes había democracia sindical; ahora es lo que marca la ley”.
Traducción felina: ya no es opcional portarse bien, ahora toca cumplir.
Y ahí está el verdadero punto de quiebre. Porque muchos sindicatos presumen ser distintos… hasta que la ley les estorba. El STEIQROO dice que sí va a cumplir la ley laboral actual, sin atajos ni nostalgias.
Eso, en este país, ya es una postura política.
Lino Lara no promete revolución, pero sí diferencia. No reniega del pasado, pero deja claro que no piensa repetirlo.
No grita “somos el cambio”, pero intenta caminar por otro carril.
Y eso, en el mundo sindical, ya es salirse del molde.
Ahora viene lo verdaderamente complicado:
demostrar que la diferencia no es solo de discurso, que la ley se cumple incluso cuando incomoda y que el sindicato no se vuelve “tradicional” justo cuando empieza a tener poder.
Porque el sindicalismo moderno en México no nació para ser trampolín político, ni caja chica, ni feudo personal.
Nació para defender derechos, equilibrar el poder y poner al trabajador en el centro, no como masa, sino como persona.
Si esa es la ruta, el STEIQROO no solo será distinto: será necesario.