Por Luis Mis
En Cancún ya no hace falta Netflix. Basta con asomarse una noche cualquiera para ver cómo la justicia se disfraza de persecución y el poder juega al escondite con la Constitución. Anoche, el protagonista fue nada menos que José Isidro Santamaría, el eterno líder cetemista que, después de denunciar públicamente una “persecución política y judicial”, recibió la visita sorpresa de una patrulla de la Guardia Nacional y unos presuntos agentes ministeriales que, muy a su estilo, se negaron a identificarse, a explicar su presencia… y a fingir siquiera decencia.
Sí, así como lo lee. En pleno siglo XXI, con celulares grabando y reporteros preguntando, la justicia de Quintana Roo se mueve como en los viejos tiempos del porfiriato: sin placas, sin orden y sin pudor. Y todo, claro, bajo la batuta del fiscal Raciel López, quien al parecer confunde “procurar justicia” con “perseguir disidentes”.
Lo ocurrido anoche frente al edificio sindical donde está resguardado Santamaría, pese a contae con un amparo, no fue un operativo: fue un numerito de intimidación con uniforme oficial. Una especie de teatro policiaco en el que los actores ni siquiera se aprendieron el guion de los derechos humanos. La prensa pidió explicaciones, pero los agentes sólo respondieron con la mirada vacía de quien sabe que el poder —aunque sea abusivo— los respalda.
Y mientras tanto, la Fiscalía calla. Porque en Quintana Roo la ley tiene horario de oficina y los abusos, turno nocturno.
Santamaría, con todos sus claroscuros sindicales, podría ser cualquier ciudadano. Lo alarmante no es su apellido, sino el mensaje: en este estado, basta con incomodar al sistema para que una patrulla te recuerde quién manda.

El Gato Maya no defiende santos ni mártires, pero huele cuando algo apesta a exceso de poder. Y anoche, el hedor era inconfundible: autoritarismo fresco, recién salido del horno de la Fiscalía.
Así que mientras el fiscal Raciel López sigue interpretando su papel de sheriff tropical y los guardianes de la ley practican su versión de “visita domiciliaria sin permiso”, el ciudadano común se pregunta lo obvio:
¿Quién nos cuida de los que se supone que nos cuidan?
Porque si eso le hacen a un líder sindical con reflectores encima, imagínese lo que pueden hacerle al ciudadano anónimo, al que no tiene prensa ni micrófono.
El Estado de Derecho en Quintana Roo no está en riesgo: ya está secuestrado, esposado y viajando en la parte trasera de una patrulla sin placas.