Por Luis Mis
En Cancún nada se pierde, todo se cobra… y si se puede, se factura con IVA y sonrisa incluida.
Dicen los que saben —y los que cobran— que en el Ayuntamiento el amor no sólo mueve montañas… también mueve contratos, concesiones y licitaciones “por el bien del municipio”.
Según el diario La Opinión de México, Lucio Galileo Lastra Abreu, esposo de la presidenta municipal Ana Patricia Peralta de la Peña, es conocido en los círculos del poder como “El Señor de los Diezmos”. Y no precisamente por su devoción religiosa.
El señor Lastra, aseguran, no sólo pasa la charola entre familias y empresarios distinguidos, sino que también supervisa el cobro de “cooperaciones voluntarias” en cada contrato, obra o servicio que licita el Ayuntamiento. Ya sabe usted: una cooperación para el espíritu… y otra para la caja chica.
Mientras tanto, Ana Paty habla de transparencia y rendición de cuentas con el entusiasmo de quien lee un guion en campaña, en los pasillos del Palacio Municipal se practica una versión tropical del pase de charola, ese viejo deporte político en el que los empresarios “aportan” por amor al arte (y al permiso).
Claro, aquí nadie obliga a nadie —faltaba más—, pero el que no coopera, curiosamente, no aparece en la lista de beneficiados. ¿Casualidades del destino… o del presupuesto?.
En este paraíso caribeño, los cercanos al poder se mueven como peces en el arrecife: discretos, veloces y bien alimentados. Entre cafés “de buena voluntad” y reuniones “informales”, los negocios florecen más rápido que las palmeras en temporada alta.
Por eso, mientras los boletines oficiales repiten palabras como honestidad y contraloría social itinerante, los ciudadanos seguimos esperando esa auditoría prometida: una que no se quede en PowerPoints, sino que baje al lodo, donde las licencias, permisos y patentes dicen más que mil discursos.
Porque la clave no está en simular vigilancia con rostro humano, sino en revisar los rostros que manejan las licitaciones. No se trata de llenar formularios sobre “calidad en el servicio”, sino de abrir los libros, rastrear contratos y drenar las sombras.
Y mientras el Señor de los Diezmos sigue su ronda invisible, Cancún repite su mantra: “Nos une”.
Sí, nos une… pero en el dolor de ver cómo unos pocos se sirven con la cuchara grande, mientras el pueblo sigue creyendo que el cambio llegará por decreto.
Este gato ya maulló. Ahora, que ladren los demás.