Lunes · Septiembre 14, 2026
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Turismo comunitario: cuando la cultura maya se convierte en motor de desarrollo

En un estado como Quintana Roo, donde el turismo de sol y playa ha marcado por décadas el pulso económico, resulta alentador que se hable de un nuevo modelo que coloca en el centro a las comunidades. La reciente presentación del Catálogo de Experiencias Turísticas “Viajes por el

Turismo comunitario: cuando la cultura maya se convierte en motor de desarrollo
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En un estado como Quintana Roo, donde el turismo de sol y playa ha marcado por décadas el pulso económico, resulta alentador que se hable de un nuevo modelo que coloca en el centro a las comunidades. La reciente presentación del Catálogo de Experiencias Turísticas “Viajes por el Mundo Maya”, respaldado por la UNESCO y coordinado por los estados del sureste, abre una puerta hacia una visión más justa y más cercana a las raíces culturales de la región.

La gobernadora Mara Lezama lo expresó con claridad: se busca que el turismo comunitario y rural deje de ser un apéndice marginal para convertirse en eje de desarrollo. La propuesta tiene un trasfondo social innegable: las comunidades mayas, históricamente relegadas, son ahora reconocidas como protagonistas de su propio destino. Esto significa visibilizar a los pueblos originarios no solo como guardianes de un patrimonio cultural, sino también como actores centrales de la economía turística.

La iniciativa abarca 42 experiencias auténticas del Mundo Maya, seis de ellas en Quintana Roo, integradas en cuatro rutas interestatales. Entre ellas destaca Maya Ka’an, un ejemplo de cómo 76 comunidades y más de 100 mil habitantes logran transformar bordados, artesanías, ecoturismo y actividades de aventura en una plataforma de identidad y orgullo. Aquí, el turismo deja de ser extractivo para convertirse en una herramienta de inclusión y prosperidad compartida.

Sin embargo, este anuncio también plantea desafíos. El turismo comunitario requiere algo más que catálogos: necesita capacitación, infraestructura, promoción constante y, sobre todo, un compromiso real para evitar que la mercantilización de la cultura termine despojando a los pueblos de su esencia. El riesgo de convertir lo maya en un simple producto empaquetado siempre estará presente; el reto es que las comunidades sean dueñas de sus relatos, de sus tradiciones y de sus beneficios.

El esfuerzo es histórico, sí, pero no debe quedarse en una vitrina para visitantes extranjeros. Debe ser un espacio de orgullo interno, de reencuentro cultural entre los propios quintanarroenses y el pueblo maya. Solo así se consolidará como un modelo transformador que articule justicia social con desarrollo económico.

En un mundo donde los destinos turísticos se homogeneizan cada vez más, Quintana Roo tiene la oportunidad de mostrar que el turismo puede ser también un acto de dignidad: la dignidad de un pueblo que, tras siglos de resistencia, hoy comparte con el mundo su riqueza cultural sin renunciar a su identidad.