Los cenotes de la Península de Yucatán son mucho más que postales turísticas: son reservas de agua dulce, patrimonio natural y espiritual de la región. Sin embargo, también se han convertido en espejos de una vergüenza colectiva: toneladas de basura arrojadas por la negligencia ciudadana y, peor aún, por la ausencia de políticas públicas serias en materia ambiental.
La Fundación Bepensa que dirige Carlos Martín Briceño, en alianza con Dunosusa, dio continuidad al programa “Limpieza de Cenotes” con una nueva intervención en el cenote Tunich, en la Región 100 de Cancún.
El dato impresiona: 71 cenotes saneados en diez años y más de 32 mil kilos de residuos retirados. Pero también debería indignarnos: ¿cómo es posible que el rescate de estos cuerpos de agua dependa casi exclusivamente de la iniciativa privada?
Y es que mientras empresas y voluntarios retiran toneladas de desechos, las autoridades ambientales permanecen cómodamente en el discurso. En cada informe oficial se habla de “compromiso con la sustentabilidad”, pero en la práctica los cenotes siguen desprotegidos, sin vigilancia efectiva y convertidos en tiraderos clandestinos.
El presidente de la Fundación Bepensa, Fernando Ponce Díaz, subrayó que el cuidado de los cenotes es una responsabilidad compartida. Y tiene razón. Pero esa corresponsabilidad no puede ser una excusa para que el Estado eluda su deber. La protección de los recursos naturales es, primero que nada, una obligación gubernamental.
Sin embargo, fueron otra vez los vecinos, voluntarios y buzos quienes limpiaron nuevamente el cenote Tunich. Una acción loable, sí, pero también simbólica de un vacío: mientras la sociedad civil y las empresas hacen su parte, las instituciones públicas siguen brillando por su ausencia.
Y es que lo que necesitamos no son solo jornadas de limpieza, sino políticas de prevención, sanciones severas contra quienes contaminan y un programa permanente de educación ambiental que inicie desde las escuelas. Los cenotes no aguantarán otros diez años de abandono maquillado con fotografías de voluntariado.
Porque limpiar un cenote es una acción noble, pero evitar que se contamine debería ser el verdadero objetivo de un gobierno responsable. De lo contrario, el legado que dejaremos será un catálogo de buenas intenciones empresariales y un océano de omisiones oficiales.
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