En Cancún y en muchas comunidades de la zona maya, los jóvenes empiezan a consumir drogas y alcohol desde los 13 años. No es una estadística más: es un grito de alerta.
Quintana Roo está por encima de la media nacional en consumo juvenil, y eso dice mucho de lo que está pasando… o más bien, de lo que no está pasando.
La violencia que se vive a diario no es casualidad, es el resultado de años de simulación e inoperancia institucional, de promesas rotas y presupuestos que nunca llegaron a donde más se necesitan: la prevención, la educación, la salud mental.
Mientras las autoridades posan para la foto, en las calles y en las comunidades más olvidadas, nuestros jóvenes se pierden.
Muchos de ellos terminan cometiendo delitos al servicio del crimen organizado. No porque sean monstruos, sino porque nadie estuvo ahí para enseñarles otra forma de vivir.
Cuando un joven carga un arma, es porque antes cargó con el abandono. Y eso nos debe doler a todos.
Pero aún estamos a tiempo. A tiempo de voltear la mirada, de rescatar a quienes aún pueden ser salvados. La verdadera paz no se construye con más patrullas sino con más oportunidades y con más amor.
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