Mientras la presidenta municipal de Benito Juárez, Ana Paty Peralta, insiste en recitar cifras optimistas y proyectar una imagen de orden institucional, la realidad de Cancún golpea, duele y, sobre todo, mata. Las palabras de la alcaldesa —en respuesta a las declaraciones del regidor Jesús Pool Moo, quien denunció hasta seis homicidios diarios— revelan una desconexión peligrosa con la vida cotidiana de miles de ciudadanos que ya no duermen tranquilos, que ya no confían, que ya no esperan nada de sus autoridades.
Decir que los índices delictivos han bajado en una ciudad donde la gente se encierra temprano, donde los negocios pagan cuotas al crimen organizado, y donde los cuerpos aparecen tirados en colonias marginadas, no sólo es una falta de respeto, es una afrenta a la inteligencia del pueblo. Y peor aún, justificar el alza en denuncias afirmando que ahora “hay más confianza en las instituciones” no es un argumento, es cinismo disfrazado de institucionalidad.
Porque sí, hay Mesas de Seguridad. Sí, hay reuniones con el Fiscal. Sí, se toman muchas fotos en las colonias. Pero, ¿y los resultados? ¿Dónde están las respuestas tangibles? ¿Dónde están las calles seguras, las familias en paz, los jóvenes con oportunidades? Mientras las autoridades firman convenios y organizan encuentros a puerta cerrada, la ciudad sigue contando muertos, los padres siguen enterrando hijos, y la esperanza se desangra junto con cada víctima.
La presidenta municipal habla de “mejorar la percepción de seguridad”. Pero señora alcaldesa, la percepción no mejora con propaganda, mejora con hechos. Mejora cuando las patrullas llegan a tiempo, cuando los policías no se venden al mejor postor, cuando un niño puede caminar a la tienda sin temor a no regresar.
En Cancún no necesitamos discursos, necesitamos acciones. No más promesas, sino resultados. Porque mientras se normaliza el horror y se institucionaliza el silencio, crece la deshumanización, se siembra más miedo, y la gente aprende a vivir con el terror como rutina.
La inseguridad en Cancún no es una “percepción errónea”, es una realidad documentada, vivida y llorada. Y quienes gobiernan no pueden seguir maquillando la tragedia con palabras bonitas ni evadir su responsabilidad con evasivas técnicas.
Este no es un llamado político. Es un grito ciudadano. Es la exigencia de un pueblo cansado de sobrevivir en lugar de vivir. Cancún no merece este abandono disfrazado de gestión. Porque mientras se siga negando lo evidente, cada declaración oficial no solo será una burla, sino también una traición.
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