Por Luis Mis
La historia no sólo es tozuda. Es implacable. Y cuando se le ignora, regresa con furia.
En 1995 y 1998, Andrés Manuel López Obrador y Layda Sansores Sanromán sabían perfectamente quién era Hernán Bermúdez Requena: un operador oscuro del viejo régimen, involucrado en desvíos millonarios, redes de espionaje y estructuras criminales enquistadas en el poder. Lo denunciaron. Lo señalaron. Lo exhibieron.
Y sin embargo, en 2018, ambos guardaron un silencio cómplice cuando Adán Augusto López lo impuso como secretario de Seguridad Pública en Tabasco. No dijeron nada. No advirtieron. No se opusieron. Callaron. Y su silencio permitió que un personaje con antecedentes criminales llegara a uno de los cargos más delicados de cualquier estado: la seguridad.
Eso no fue una simple omisión. Fue un encubrimiento político descarado. Fue una traición directa a la memoria histórica, al pueblo que confiaba y a los principios que tanto pregonaron los fundadores de la llamada Cuarta Transformación.
Los mismos que juraron no mentir, no robar y no traicionar… terminaron haciendo las tres cosas a la vez.
¿Qué pasó con ese López Obrador que se atrevió a denunciar a Madrazo y a Bermúdez por peculado en 1995? ¿Dónde quedó esa Layda Sansores que en 1998 desenmascaró redes de espionaje y bandas delictivas protegidas por policías corruptos? ¿Fue la lealtad a su círculo político más fuerte que su lealtad a la verdad? ¿O simplemente aprendieron a usar el mismo sistema que antes criticaban?
Hoy, Hernán Bermúdez Requena es prófugo de la justicia, pero su verdadero juicio apenas comienza. Y no es solo él quien debe rendir cuentas. También deben hacerlo quienes sabían de su historial criminal y, aun así, lo dejaron regresar al poder como si nada.
No hay forma de justificarlo. López Obrador fue presidente de la República cuando su viejo conocido asumió el mando de la seguridad en Tabasco. Pudo frenarlo, pero no lo hizo. Pudo denunciarlo, pero eligió callar.
¿Acaso la lucha contra la corrupción tiene excepciones cuando se trata de los “compañeros del movimiento”?
Layda Sansores también prefirió voltear hacia otro lado. La senadora combativa del PRD se convirtió en gobernadora morenista… y en muda.
Y así se escribió otro capítulo del México donde la impunidad no solo sobrevive, sino que se recicla con nuevas siglas.
La 4T llegó prometiendo erradicar el pasado, pero terminó reviviéndolo y repintándolo con discursos vacíos y complicidades internas. No basta con acusar a los de antes. Hay que tener el valor de enfrentarse también a los de dentro.
Porque si los mismos que combatieron a los corruptos hoy los encubren, entonces no solo han traicionado a la nación. Se han traicionado a sí mismos.
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