La aprobación del nombramiento de Jaime Padilla Barrientos como nuevo secretario de Seguridad Ciudadana y Tránsito en Benito Juárez no solo representa un insulto a la inteligencia colectiva de Cancún, sino también el inicio del derrumbe político de Ana Paty Peralta. Esta decisión, impuesta desde las cúpulas del poder —o desde las sombras del crimen organizado— y aceptada dócilmente por la alcaldesa, la sepulta políticamente.
Padilla Barrientos ha sido mencionado en narcomantas como operador y protector de grupos criminales. Su designación no puede verse como un simple error administrativo, sino como una traición deliberada. Una jugada oscura que evidencia que la seguridad pública en Cancún no la decide el pueblo, sino los intereses más perversos del poder.
Ana Paty, al respaldar este nombramiento, le dio la espalda a quienes confiaron en ella. Y no hay madrinazgo de clausuras, recorridos por las regiones ni jornada de atención ciudadana que la salve. Cancún no necesita una alcaldesa de redes sociales, necesita una líder con ética, valentía y decisión. Nada de eso se mostró ayer, al contrario.
Tampoco las encuestas pagadas —esas que la colocan artificialmente como la “mejor evaluada”— podrán frenar la indignación que se respira en cada rincón del municipio. Ya nadie se traga esa narrativa prefabricada. Esas encuestas solo inflan el ego de una administración frívola y benefician a los dueños de los medios que, por millones en contratos oficiales, prefieren servir como altavoces del poder que como periodistas.
El Cabildo, por su parte, también queda marcado por la sospecha. La unanimidad con la que aprobaron el nombramiento de Padilla no es normal en un estado democrático. ¿Qué pasó ahí? ¿Fueron presionados, amenazados al estilo narco para levantar la mano? ¿O de plano son cómplices, beneficiarios de los mismos intereses que operan desde el crimen organizado? En cualquiera de los dos casos, están inhabilitados moralmente para seguir representando a la ciudadanía.
Lo ocurrido ayer no es sólo una imposición, es una advertencia. A Cancún lo están secuestrando desde el poder, y si la sociedad no reacciona, lo próximo será la institucionalización total del crimen como política de Estado municipal.
Y que no se diga que no se advirtió: los próximos sucesos policiacos —los enfrentamientos, los levantones, los asesinatos sin resolver— darán cuenta de esta pésima decisión. Porque cuando se coloca al lobo a cuidar el rebaño, la sangre es inevitable. El pueblo no es ingenuo: el pueblo ni perdona ni olvida.
Que alguien le diga a Ana Paty que su tumba política está abierta, y que hoy, con cada aplauso hipócrita y cada voto cómplice, comenzó a enterrarse. Pero lo más doloroso es que también está enterrando la esperanza de un pueblo que solo quería vivir en paz.
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