Lunes · Septiembre 14, 2026
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El Auditorio del Despilfarro: herencia tóxica del borgismo

La gobernadora Mara Lezama ha anunciado la recuperación y transformación del llamado «Auditorio del Bienestar», ese monstruo arquitectónico que durante años estuvo ahí, ocupando espacio y consumiendo memoria, pero sin servir para nada, más que como símbolo de la corrupción y el d

El Auditorio del Despilfarro: herencia tóxica del borgismo
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La gobernadora Mara Lezama ha anunciado la recuperación y transformación del llamado «Auditorio del Bienestar», ese monstruo arquitectónico que durante años estuvo ahí, ocupando espacio y consumiendo memoria, pero sin servir para nada, más que como símbolo de la corrupción y el descaro del gobierno de Roberto Borge.

No es solo una estructura abandonada, es el retrato exacto de lo que fue el poder en Quintana Roo: opaco, fraudulento y profundamente irresponsable. Un auditorio que, según reveló la mandataria, fue construido con materiales baratos, con paredes de tablarroca donde debía haber concreto, sin medidas mínimas de seguridad, sin salidas de emergencia funcionales, sin accesos universales, sin baños suficientes y, por si fuera poco, con 40% más de butacas de las permitidas por la normatividad.

Esto no fue un error técnico. Fue una estafa al pueblo. Porque se usó dinero público —dinero de la gente— para levantar una promesa vacía, una obra que nunca fue pensada para servir a la comunidad, sino para engordar los bolsillos de unos cuantos. Eso es lo que en el sur llamamos cinismo de alto vuelo.

Durante años, el Auditorio del Bienestar fue un «elefante blanco» que nadie se atrevía a tocar, tal vez por miedo a destapar el hedor que dejó el borgismo tras su paso. Ahora, al menos, se le pone nombre al abandono: corrupción, ineptitud y desinterés por la gente.

La recuperación de este espacio, que será transformado en un centro digno para la cultura y el espectáculo, no debería verse como un logro del gobierno actual, sino como una mínima obligación ética del Estado: reparar lo que otros dejaron en ruinas.

Es escandaloso que apenas ahora sepamos que esa obra fue una trampa mortal. Que miles de personas habrían estado en peligro solo por asistir a un concierto. Que ni siquiera se pensó en estacionamientos o accesos para personas con discapacidad. ¿Qué clase de administración juega así con la vida de la gente?

Roberto Borge dejó más que deudas económicas. Dejó deudas morales, culturales y sociales que seguimos pagando. Esta es solo una de muchas.

Celebremos la recuperación del espacio, sí. Pero no olvidemos el daño que se intentó enterrar bajo concreto mal hecho y discursos de “bienestar” que nunca llegaron. Y no perdamos de vista algo esencial: sin justicia y sin castigo, no hay transformación que valga.