Lunes · Septiembre 14, 2026
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El IMCA abre el micrófono, pero ¿abrirá centros para las familias?

En Cancún seguimos llamando “éxito” a llenar auditorios, pero no a transformar conciencias.  Ayer por la tarde, la psicóloga Alejandra Cierra ofreció dos conferencias en el Planetario Ka’Yok’, organizadas por el Instituto Municipal Contra las Adicciones (IMCA). Y aunque esta vez

El IMCA abre el micrófono, pero ¿abrirá centros para las familias?
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En Cancún seguimos llamando “éxito” a llenar auditorios, pero no a transformar conciencias. 

Ayer por la tarde, la psicóloga Alejandra Cierra ofreció dos conferencias en el Planetario Ka’Yok’, organizadas por el Instituto Municipal Contra las Adicciones (IMCA). Y aunque esta vez se abstuvo del lenguaje altisonante que suele usar en otros foros, no por eso dejó de sacudir al público: la familia del adicto también necesita ayuda… y urgente.

Cierra lanzó un llamado claro y necesario: se requiere un centro de atención especializado para las familias de personas con adicciones.

Porque no basta con amar al adicto, acompañarlo o rezar por él. También hay que tener el valor de admitir que muchas veces es la familia la que enferma al enfermo, y lo sigue enfermando con su negación, su control, su victimismo o su adicción emocional disfrazada de amor incondicional.

“¿Qué adicción te impide ayudar?”, preguntó la ponente ante un auditorio lleno. Y esa sola frase debería bastar para incomodar a más de uno.

Porque hablamos de alcohol, marihuana, cristal o fentanilo, pero callamos las otras adicciones igual de destructivas: el autoengaño, la dependencia, la obsesión por controlar al otro, el fanatismo religioso, la codependencia disfrazada de madre ejemplar.

En Cancún, el 60% de los jóvenes en tratamiento recaen. ¿De verdad seguimos creyendo que es porque “no quieren cambiar”? ¿O será porque cuando salen del centro, regresan a la misma casa enferma, a los mismos padres ciegos, a los mismos hermanos indiferentes o cómplices?

Lo más preocupante no es que no exista un centro para familias. Lo verdaderamente grave es que no hay voluntad institucional, ni política, ni moral para reconocer que la adicción es un síntoma social, no un problema individual. El adicto no es el único que debe rendirse: también debe hacerlo su entorno, pero no quieren, porque el ego familiar es más fuerte que cualquier sustancia.

Sí, las conferencias de Alejandra Cierra, impulsadas por el IMCA, fueron un oasis entre tanto discurso hueco. Pero ojalá no se queden en frases bonitas, ni en selfies institucionales de “estuvimos ahí”. Porque si seguimos negando la enfermedad familiar, solo seguiremos criando más adictos… y más funerales.