En la tragicomedia política que se ha vuelto costumbre en este sexenio, Ricardo Monreal —senador reciclado del obradorismo— ha salido a escena con un acto de prestidigitación discursiva: denunciar una supuesta «violencia política sicaria» en contra de Andy López Beltrán, hijo del presidente Andrés Manuel López Obrador. Según Monreal, los hijos del mandatario “han sufrido mucho” y lo que hoy viven es “una persecución brutal” por atreverse a participar en la vida pública.
¿En serio, senador?
Llamar “sicariato político” al escrutinio ciudadano y periodístico sobre los negocios, amistades y contratos de los hijos del presidente no es sólo una sobreactuación ridícula. Es una falta de respeto a las verdaderas víctimas del crimen organizado, a los periodistas asesinados por investigar la corrupción, y a los miles de activistas que han muerto sin nombre ni protección presidencial.
¿De qué habla Monreal cuando habla de “violencia política”? ¿De investigaciones periodísticas sobre las redes de poder que Andy y Gonzalo López Beltrán han tejido al amparo del apellido? ¿De reportajes que documentan cómo en lugar de ser ciudadanos comunes, los hijos del presidente son operadores silenciosos de contratos, campañas y candidaturas? ¿Eso es violencia política… o rendición de cuentas?
La narrativa de que los “hijos del presidente han sufrido” pretende inocular lástima donde hay privilegio. Convertir en víctimas a quienes han gozado del silencio cómplice de las instituciones, de la invisibilidad fiscal, del blindaje mediático que AMLO ha garantizado desde el púlpito mañanero. Se victimiza al poder… mientras se criminaliza a la crítica.
Lo que estamos viendo no es “sicariato político”. Lo que vemos es la consecuencia de un sexenio que prometió no mentir, no robar y no traicionar… pero que ha terminado por proteger a los suyos como cualquier régimen de antaño. La diferencia es que aquí, el nepotismo viene barnizado de humildad y se disfraza de “sufrimiento”.
Nadie pide linchar a los hijos del presidente. Lo que se exige es claridad, transparencia, investigación. Porque cuando un apellido abre puertas, se vuelve asunto público. Y cuando desde el poder se intentan cerrar esas puertas a la crítica con sentimentalismo barato, el país retrocede.
Basta de discursos lacrimógenos. Si hay algo que en este país debe doler, no es que se investigue a Andy, sino que se mate a periodistas, que se silencie la verdad, que se reparta el poder como herencia familiar y que se use el dolor como escudo político.
Senador Monreal, si quiere hablar de sicarios, comience por quienes callan con balas a los que buscan la verdad. Pero no venga a disfrazar de mártires a quienes han vivido —y lucrado— en la sombra protectora del poder presidencial.
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