El Encuentro Nacional BAMX 2025 ha llegado como una bocanada de esperanza. No sólo por el poder de convocatoria de una red que durante tres décadas ha rescatado alimentos para millones, sino por la fuerza del mensaje que desde Quintana Roo, la gobernadora Mara Lezama ha decidido lanzar: convertir a Cancún en el primer destino turístico Hambre Cero en México.
Es una promesa audaz. Pero más allá del discurso, hay hechos que la respaldan. Invertir casi 14 millones de pesos —dinero del pueblo, como ella enfatizó— para fortalecer el Banco de Alimentos Cáritas Quintana Roo no es un acto simbólico: es una decisión política que toca una necesidad vital. Refrigeradores, montacargas, camionetas, infraestructura… herramientas concretas para luchar contra un enemigo silencioso: el hambre cotidiana.
Hablar de seguridad alimentaria es hablar de justicia social. Es entender que la pobreza no sólo se mide en ingresos, sino en platos vacíos. Y es en ese terreno donde la administración de Lezama está pisando firme. A través de programas como Comemos Tod@s, Seguridad Alimentaria para Comunidades Rurales, y la creación de la Agencia Estatal de Seguridad Alimentaria, se están tendiendo puentes entre quienes producen, quienes sirven y quienes necesitan.
Más aún: la iniciativa que impulsa junto con el sector hotelero para rescatar alimentos no servidos pero comestibles —antes condenados a la basura— y redirigirlos a comedores comunitarios, representa una de las formas más humanas y eficaces de economía circular. No se trata sólo de dar lo que sobra, sino de asumir la corresponsabilidad ética de no permitir que el alimento se desperdicie mientras alguien se acuesta sin cenar.
La seguridad alimentaria deja así de ser una bandera aislada para convertirse en política de Estado. Y eso importa.
Por supuesto, los retos son inmensos. El presidente del Consejo BAMX, Enrique Gómez Junco, lo dijo con claridad: cada día se desperdician toneladas de comida mientras millones no tienen acceso a una alimentación digna. Pero también dijo algo más: que la alianza con Quintana Roo demuestra que sí es posible crear soluciones colectivas, innovadoras y sostenibles.
Porque esta no es una lucha asistencialista. Es una batalla por la dignidad. Es construir un país donde ningún niño llegue a clase con el estómago vacío, donde ningún abuelo tenga que elegir entre sus medicinas o su cena. Es recordarnos que el hambre no espera, no perdona y no distingue.
Por eso, cuando un gobierno decide convertir la seguridad alimentaria en eje de política pública, no se trata de un logro individual, sino de una responsabilidad compartida. La voluntad política, cuando se alía con la organización ciudadana y con redes como BAMX, puede convertirse en alimento real, en impacto medible, en transformación profunda.
La meta de hacer de Cancún un destino turístico Hambre Cero puede parecer utópica para algunos. Pero si algo nos ha enseñado la historia, es que las utopías bien dirigidas cambian realidades. Y hoy, más que nunca, necesitamos gobiernos que sueñen en grande, pero que trabajen en concreto.
Porque garantizar comida en la mesa no es un favor. Es un derecho.
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