Lo vivido ayer en Villas Otoch Paraíso no fue un acto protocolario más. Fue un encuentro con rostros concretos, con historias que duelen, con familias que no quieren limosnas del gobierno, sino el respeto que merecen. Vecinas y vecinos que ya no aceptan que su colonia sea estigmatizada como “zona roja”. Quieren que se les reconozca como lo que realmente son: una comunidad de gente trabajadora, de madres que sacan adelante a sus hijos, de jóvenes con talento que necesitan oportunidades, no etiquetas.
Durante el Foro para la Prevención de las Violencias —organizado por la Secretaría de Seguridad Ciudadana a través de la Dirección de Prevención del Delito— se abrió un espacio donde, por fin, las cifras quedaron en segundo plano. Gracias al acompañamiento del Instituto Municipal Contra las Adicciones (IMCA) la conversación giró en torno a algo fundamental: la escucha.
Y es que hablar de seguridad no puede reducirse a contar patrullas, endurecer penas o aumentar operativos. Hablar de seguridad —de verdad— es tener el valor de mirar de frente las heridas del abandono, de escuchar el miedo cotidiano y de entender que la paz no se impone: se construye con justicia, con comunidad y con dignidad.
Ahí, en el corazón de Villas Otoch, se habló de adicciones, sí. Pero también se habló del abandono institucional. Se habló de violencia, pero también de la urgencia de tener espacios dignos para el arte, el deporte y la participación social. La prevención dejó de ser un eslogan para convertirse en una responsabilidad compartida entre gobierno y ciudadanía.
Porque la transformación no es un decreto. Es un proceso que se gesta en los barrios, en los centros escolares, en los espacios comunitarios y en los hogares. Se construye cuando un funcionario no sólo pregunta “¿qué te pasa?”, sino que se atreve a mirar a los ojos y decir: “¿cómo puedo ayudarte?”
Cancún no necesita más miedo. Necesita más humanidad. Más escucha. Más voluntad política para acompañar a los que, día a día, resisten en silencio. Este foro fue un paso en esa dirección. Falta mucho, sí. Pero también hay esperanza. Y donde hay esperanza, hay futuro.
Sigamos construyendo comunidad. Porque la paz no se hereda: se teje desde abajo, entre todos.
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