En Quintana Roo se han dado pasos importantes en materia de protección a la infancia. La gobernadora Mara Lezama recordó recientemente los avances de la campaña “L@s Niñ@s No Se Rompen”, la cual —según datos oficiales— ha contribuido a reducir en un 35% los delitos contra niñas, niños y adolescentes en el estado.
No es poca cosa. En estos tiempos donde la violencia hacia la infancia suele esconderse tras la cortina del silencio, cada punto que se baja en esas cifras representa una vida menos rota, un alma menos lastimada.
Pero, como bien lo reconoció la mandataria estatal, aún falta mucho. Porque proteger a la niñez no es una campaña: es una convicción. Una que no puede depender solo del gobierno, ni de un programa, ni de una estadística que nos haga sentir que vamos por buen camino. Es una responsabilidad que atraviesa a toda la sociedad.
Cada vez que un niño es abandonado, cada vez que una adolescente es empujada a las drogas, cada vez que una niña es abusada, hay un adulto que falló. O muchos. Padres ausentes, maestros indiferentes, instituciones rebasadas, comunidades que miran hacia otro lado. No es exagerado decir que cada infancia rota es el espejo de una sociedad fracturada.
Pero, la infancia no se puede gobernar con discursos ni con promesas. Se protege con hechos. Con escuelas seguras, con familias funcionales, con entornos comunitarios que abracen en vez de excluir.
Las niñas y los niños no votan, no protestan, no marchan. Por eso es tan fácil ignorarlos y tan urgente escucharlos. Porque cuando ellos sufren, su dolor no se grita: se guarda. Y muchas veces, se normaliza.
Lo que se dijo hace unos días en el Foro Estatal “República de y para la Niñez y Adolescencia” nos interpela a todos. Fue un llamado profundo: si no sanamos a nuestro niño interior, difícilmente protegeremos al que tenemos enfrente. La política pública sin alma, sin sensibilidad, se convierte en papel mojado.
Este foro también fue una declaración política en sí misma, porque se les abrió un espacio para ser sujetos de derecho. No solo para ser protegidos, sino para participar, opinar, proponer. Los temas que eligieron trabajar —pobreza, violencia, justicia, derechos sociales, cuidados, migración— no son casuales. Son reflejo de una infancia que no vive en burbujas, que ve, siente y padece lo que sucede a su alrededor. Y que aún así, tienen la entereza de pensar soluciones, no venganzas; esperanza, no odio.
Por esto la campaña “L@s Niñ@s No Se Rompen” debe seguir, sí, pero no como un eslogan. Debe convertirse en una política transversal, en una cultura, en una exigencia ética y colectiva.
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