Lunes · Septiembre 14, 2026
El Gato Maya
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L@s Niñ@s no se Rompen: “Los vimos, pero demasiado tarde”.

Durante años estuvieron ahí, frente a nosotros. Niñas y niños chiapanecos empujando carritos por las avenidas de Cancún, vendiendo dulces, limpiando parabrisas, ofreciendo flores en semáforos donde solo recibían miradas fugaces o monedas por lástima. Nadie los veía en serio. Eran

L@s Niñ@s no se Rompen: “Los vimos, pero demasiado tarde”.
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Durante años estuvieron ahí, frente a nosotros. Niñas y niños chiapanecos empujando carritos por las avenidas de Cancún, vendiendo dulces, limpiando parabrisas, ofreciendo flores en semáforos donde solo recibían miradas fugaces o monedas por lástima. Nadie los veía en serio. Eran parte del paisaje urbano, como si la explotación infantil fuera un mal necesario, o peor aún, una costumbre tolerada.

Y no. No fue por falta de pruebas, ni por ausencia de dolor. Fue por indiferencia. Por omisión criminal de los gobiernos que, por décadas, no quisieron ver. Porque ver implicaba actuar, y actuar significa incomodar a quienes se benefician de la miseria ajena.

Hoy, por fin, el gobierno de Mara Lezama decide hacer lo que nadie había hecho con la seriedad que el tema exige: rescatar a 16 niñas y niños indígenas traídos desde Chiapas para ser explotados laboralmente en una de las zonas más turísticas del país. Los usaban para empujar carritos que generaban hasta 2 mil pesos al día, pero a sus familias les entregaban apenas 100 pesos. El resto, como siempre, se lo tragó la avaricia de los explotadores.

¿Dónde estaban las autoridades laborales y/o municipales de protección infantil? ¿Dónde estaba la indignación de la sociedad benitojuarense? ¿Cómo es que esta maquinaria de esclavitud moderna pudo operar tan impunemente a plena luz del día?

La respuesta es dura pero cierta: a nadie le importó lo suficiente. Porque eran pobres. Porque eran indígenas. Porque no hablaban fuerte. Porque no votan. Porque la explotación infantil en México y en Cancún no ocurre en sótanos oscuros, sino en las avenidas más transitadas, y aún así, nadie se inmuta.

La campaña que hoy impulsa la gobernadora Mara Lezama, “L@s Niñ@s no se Rompen”, es un paso. Pero no es suficiente. Si este operativo no va seguido de acciones firmes, de investigación contra redes de trata, de procesos judiciales ejemplares, de políticas públicas interestatales que incluyan al gobierno de Chiapas, entonces no será más que una anécdota bonita, una nota de ocasión para limpiar conciencias.

México tiene una deuda histórica con su infancia indígena. Y esa deuda no se paga con discursos. Se paga con justicia, con cárcel para los responsables, con protección real para las víctimas y sus familias. Se paga reconociendo que este país ha sido cómplice de quienes han hecho negocio del dolor infantil.

Hoy, por fin, los vieron. Pero sólo porque la barbarie rebasó los límites del silencio. Ojalá mañana, no sea otra vez demasiado tarde.