El deporte no es sólo una actividad física, es una escuela de vida: enseña disciplina, constancia, respeto, trabajo en equipo, resiliencia. Nos prepara para perder con dignidad, para ganar con humildad y para levantarnos cada vez que caemos.
¿Puede el deporte reemplazar el abrazo que falta en casa? Tal vez no. ¿Puede curar las heridas de una niñez marcada por la pobreza o la indiferencia? No siempre. Pero puede ofrecer algo igual de valioso: un sentido de pertenencia, una identidad, una motivación para seguir adelante, incluso cuando el mundo parece decir lo contrario.
Por esto en una época donde las juventudes enfrentan entornos cada vez más complejos —marcados por la violencia, las adicciones, la desinformación y la desesperanza—, cualquier inversión en su bienestar es, sin exagerar, una inversión en el futuro.
Y por eso resulta alentador escuchar que en Quintana Roo, se haya decidido apostar por el deporte no como un gasto, sino como una política pública de prevención, inclusión y transformación social.
Pero lo más importante: el deporte puede ser un salvavidas emocional para muchas niñas, niños y jóvenes que hoy navegan en medio del abandono, la violencia familiar o la marginación.
No es casualidad que la gobernadora Mara Lezama les haya pedido a los jóvenes algo tan simple y tan urgente: “díganle no a las conductas autodestructivas, a todo aquello que los lastima y les hace daño, y díganle sí al deporte.”
Y es que esto solo es posible cuando hay gobiernos que escuchan. Cuando en vez de criminalizar a la juventud, la comprenden, la acompañan y la respaldan. Cuando en vez de levantar bardas, construyen canchas. Cuando en vez de señalar, extienden la mano.
En tiempos donde muchos jóvenes se sienten solos, vacíos, o atrapados en realidades que los empujan a tomar caminos equivocados, decirle sí al deporte es, en realidad, decirle sí a la vida.
Por eso este llamado no es solo para ellos. También es para las madres, los padres, los entrenadores, los docentes, las autoridades.
Que hagamos comunidad. Que miremos al deporte no como un lujo, sino como un derecho. Y que cada joven que tome un balón, una raqueta, unos guantes, unos tenis, sienta que su esfuerzo vale, que su esfuerzo cuenta, que su esfuerzo construye.
Porque detrás de cada adolescente que elige entrenar en lugar de consumir, competir en lugar de delinquir, hay una sociedad que eligió no rendirse.
Y eso, más que una medalla, es una verdadera victoria colectiva.
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