La narrativa repetida –esa de “no mentir, no robar y no traicionar al pueblo”– vuelve a ocupar titulares, pero ¿cuántos de los presentes en la sesión pueden decir con autoridad moral que encarnan esos principios en el ejercicio público? ¿De verdad Morena en Quintana Roo está más fuerte y unido que nunca, como asegura Jorge Sanén, o es simplemente un espejismo de unidad en vísperas de definiciones políticas clave rumbo al 2027?
Este fin de semana se llevó a cabo la 10ª Sesión del Consejo Estatal de Morena en Quintana Roo, y aunque el boletín oficial presume unidad, congruencia y compromiso con la Cuarta Transformación, la realidad política en el estado exige una lectura más profunda, menos triunfalista y más autocrítica.
El informe presume un 47.1% de avance en el proceso de afiliación al partido. ¿Pero qué representa ese número? ¿Militancia genuina o un padrón inflado con fines de control interno?
Más allá del número, lo importante es preguntarse: ¿qué se está construyendo con esa estructura? ¿Una base crítica y participativa o una maquinaria electoral con tintes clientelares?
El problema de fondo es que Morena corre el riesgo de caer en los mismos vicios que criticó durante años. Si la unidad se impone sin debate, si la congruencia se limita a frases y no a prácticas, y si la transformación se reduce a lealtades personales más que a resultados públicos, el movimiento perderá su esencia.
Morena debe apostar no solo por una unidad funcional, sino por una unidad ética y crítica. Esa que permite disentir, señalar errores, y construir sobre la base de la autocrítica. De lo contrario, la transformación será sólo un discurso bien ensayado.
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